Si humanamente sabemos que la unión hace la fuerza, cuanto más en el mundo espiritual fortalece nuestra fe unirnos en cada encuentro de oración con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu Santo y con nuestra madre María Santísima, para recibir su gracia. Gracia que nos purifica, fortalece y renueva la fe ante el combate que diariamente vivimos.

Vivir en unión con el Padre creador, nos recuerda que todo cuanto existe proviene de su amor y también nos sensibiliza a escuchar y buscar cumplir su voluntad, a abandonarnos totalmente en sus brazos fuertes que nos elevan a valores más altos, como la verdad, la libertad, la justicia, la solidaridad, con los que él ha edificado y sigue edificando su reino. Nos sentimos hijos amados, abrazados, respaldados, hijos que nunca estamos solos, que somos escuchados cuando elevamos el corazón y que podemos creer que aunque otros nos ignoren o nos   olviden, Dios no nos olvida porque nos tiene tatuados en las palmas de sus manos, como lo afirma en Isaías 49, 15.

La unidad con Jesús es una fraternidad que desde la última cena y en cada Eucaristía lo ofrece todo sin límites, para salvarnos del egoísmo y abrir nuestra mente y vida a lo único verdaderamente valioso “al amor”. Un amor que se debe primero a Dios fuente de todo lo que somos, a la familia con todos sus desperfectos y virtudes, a la comunidad, a la ciudad, al país, a la casa común, a cada niño que él permite se nos acerque en representación suya, a cada joven que busca respuestas frente a tanta información, a cada adulto comprometido con tantas responsabilidades que exige el mundo actual, a cada adulto mayor cansado y en algunos casos decepcionado de todo.

 

Vivir en unión con el Espíritu Santo nos exhorta a salir de nuestro egoísmo, a ser pentecostesudos, a tener la fuerza para dar testimonio de la verdad y a unirnos también con otros enamorados de Dios, para levantar el corazón, la voz, las manos y clamar insistentemente su presencia, su sabiduría que ordena, sana, libera, renueva, llena de dones y carismas para la edificación del reino de Dios, no solo en nosotros mismos sino en otros hermanos que atraviesan por situaciones de muerte, dificultades espirituales, materiales, enfermedades, adicciones o rechazos.

 

Finalmente, cuanto más nos acercamos a nuestra amada Madre Celestial, más intercede ante el corazón de su hijo, nos ayuda a negar nuestra naturaleza individualista y a darle un fiat a la voluntad de Dios, para servirle con amor, como la más humilde sierva del Señor, en los diferentes contextos en que nos desenvolvemos.