¿Cómo construir un proyecto común entre esposos a cuatro ojos, dos corazones, dos cerebros, pero “una sola alma y una sola carne”? Pareciera que estamos ante un imposible o que, por lo menos, lo que el Señor propone en la Sagrada Escritura es sólo una utopía, como suele parecer, para muchos, todo lo suyo. Y no es fácil entenderlo sobre todo cuando pasamos por alto que el amor no es un proceso de aniquilamiento del propio ser, como creen los enamorados, ni es una anulación de la individualidad ni de la identidad para caer en una peligrosa fusión de personas que muchas veces, como en los elementos de la química, suelen ocasionar una reacción explosiva en la que terminan destruyéndose a sí mismos. De esta manera, lo que se inició como una fusión inapropiada de almas termina como una fisión de caracteres que llamarán posteriormente “incompatibilidad”.

¿Se puede, entonces, ser “una sola alma y una sola carne” con cuatro ojos y dos cerebros? Sin duda que sí. Aquí es necesario reconocer que Dios nunca propone imposibles para el hombre. El “hacerse uno” bíblico no es una llamada al amalgamiento que despoja al ser humano de su propia identidad, ni de su capacidad para pensar, decidir, optar, hacer, ni menos aún en convertirse cada uno en títere en las manos de la otra persona. “Hacerse uno” no pretende desconocer lo que cada quien es haciéndole perder su esencia bajo la premisa de construir una nueva porque se corre el enorme peligro de terminar sin saber quién se es.

La unidad querida por Dios no anula sino que permite entender de un nuevo modo la vida, la libertad, la identidad; se trata de una acto de oblación personal, de donación total del propio ser, sobre el que se tiene conciencia, para poderlo compartir con la persona que se ama. Esto se entiende mejor cuando tomamos la figura empleada por el apóstol Pablo en la carta a los Efesios cuando habla de Cristo como cabeza y esposo de la Iglesia, que se entrega y da su vida por ella, la protege, la cuida, la arropa, la santifica.

Esto requiere, no podemos desconocerlo, de ciertas similitudes, de cierta empatía espiritual, temperamental, de carácter. No podemos seguir engañándonos con la famosa frase “polos opuestos se atraen”-cosa que es verdad, pero en los imanes-pero que no resulta tan certera entre humanos. El hecho de que exista cierta química fisiológica no asegura que dos temperamentos extremadamente opuestos logren convivir. Este, precisamente, es uno de los argumentos esgrimidos en los tribunales para pedir el divorcio: “incompatibilidad de caracteres” (¿Y dónde quedó aquello de “polos opuestos se atraen”?- me pregunto yo). Lo que un día fue argumento para unirse lo es hoy para des-unirse.

Pero además es necesario saber que un proyecto a dos cerebros y una sola carne sólo puede llevarse a cabo cuando se entiende y se acepta el plan de Dios, plan que no es otra cosa que la felicidad del hombre y que le lleva a pedir compromisos en el tiempo y en el espacio con algo y con alguien. Dicho proyecto no desconoce lo que cada quien es, pero si conduce, y esto es otra cosa totalmente diferente, a RENUNCIAR (ojo, distinto a ANIQUILAR) a todo aquello que se convierte en un obstáculo para la consecución de una meta que deja de ser personalizada para volverse común. Tal vez una de las cosas en la que más se necesita unidad es en el hecho del estilo, el modo como se quiere alcanzar la meta. También se necesita que cada uno ponga en el otro su propia riqueza humana, no con sentimientos competitivos, sino para complementarse mutuamente, para aprender a mirar con mayor amplitud lo que se quiere, lo que se busca. La vista humana tiene una rango de 180º y al unirla con la mirada del cónyuge se logra una visión de círculo, es decir, de 360º, lo que ayuda a tener una perspectiva mucho más amplia de todo. Dos cerebros, cuatro ojos, dos corazones, “una sola carne”, ayudan a sumar y no a dividir y la unidad requerida para el éxito en el amor exige que los cerebros no se confronten, se complementen; los ojos no miren hacia lados distintos sino que aprendan juntos a tener un mismo fin; que los corazones no busquen sólo su propio bienestar sino el bienestar de todos.

Dios es infinitamente sabio, sabe por qué ha hecho semejante propuesta de unidad a personas que se dejan arrastrar fuertemente por sus propios deseos, sabe que en la medida en que lo logren podrán alcanzar juntos lo que es más difícil alcanzarlo solos. Hay proyectos que nunca el hombre podrá alcanzarlo sin la ayuda de su cónyuge, por eso Dios ha puesto al humano como ayuda del humano. Y sólo el amor permite la unidad indisoluble de dos corazones egoístas.

Juan Ávila Estrada. Pbro.
Estudiante de Matrimonio y Familia.
padrejuanavila@hotmail.com
Valencia, España.