Mateo 18, 1-5.10.

La fiesta de los ángeles de la guarda no es para nada ingenua ni infantil. Tiene un gran profundidad. Te invito a redescubrirla.

La oración con la que somos introducidos en esta celebración de los santos ángeles custodios o de la guarda, nos pone en sintonía con el sentido de esta bella fiesta.

“Oh, Dios,que en tu providencia inefablete has dignado enviar a tus santos ángelespara nuestra custodia,concede, a los que te suplicamos,ser defendidos siempre por su proteccióny gozar eternamente de su compañía”

Notemos los términos acentuados: Una misteriosa providencia celestial… nos acompaña, nos custodia y nos protege.

De esta manera se nos dice quienes son los ángeles. Son los que, en su providencia de amor, Dios manda para nuestra custodia y protección.

Para la Biblia, hablar de ángeles es una forma de referirse a la presencia misma de Dios. Recordemos que la revelación es progresiva. Para el Israel antiguo es muy complicado referirse a la presencia de un Dios que por principio es trascendente. De ahí la imagen de los ángeles para indicar que Dios está presente en el caminar de su pueblo de forma concreta.

Veámoslo en los textos que la liturgia pone a nuestra consideración.

  1. En el caminar del pueblo

El libro del Éxodo (23,20-23a), que leemos en la primera lectura, dice que Dios envía a un mensajero suyo (un mal’ach, en hebreo) para guiar al pueblo de Israel a la tierra prometida, para indicarle el camino.

Este mensajero, dice el texto, habla en nombre de Dios. Por eso es por lo que hay que escuchar sus indicaciones, sin ser recalcitrantes ante lo que pide.

Entonces, los ángeles no son otra cosa que el signo de lo que Dios mismo quiere expresar y por tanto de la manera como él se compromete en el caminar de su pueblo, con una gran cercanía, involucrándose en todas las vicisitudes.

La custodia que ejercen consiste en la preservación del mal que se enreda en nuestros pasos, en la indicación de la meta hacia cual caminamos, en la defensa de eventuales ataques de aquel que quiere poner obstáculos en nuestro camino, esa es precisamente su misión.

Si bien es verdad que la última palabra en nuestras acciones compete a nuestra libertad y que tenemos una responsabilidad en todo lo que emprendemos, la presencia de los ángeles nos recuerda el que nuestro no es nunca un discernimiento hecho a tientas y de forma solitaria.

  1. En el pequeño

El evangelio de Mateo 18,10, Jesús dice que los ángeles cuidan a los más pequeños. Hay una presencia de Dios junto a quien está aprendiendo a caminar en la vida. Hay una presencia de Dios junto a quien está expuesto a tantos peligros.

Y aunque, en cuanto adultos, somos dueños de nuestras decisiones, de nuestras jornadas y proyectos, todos sabemos bien que hay cosas que se escapan a nuestro control y que necesitamos de ayuda.

La invitación a hacerse pequeño podemos leerla en este contexto como un aprendizaje del arte de confiar, entendiendo siempre que no caminamos solos y que contamos con una mano tendida que nos ayuda a caminar. Es la capacidad de reconocer nuestras propias fragilidades y la conciencia de lo indispensable que es la ayuda de otras personas.

Precisamente la presencia de los ángeles nos recuerda que el logro de nuestro proyecto de vida está en el arte de la confianza humilde y dócil a la Providencia de Dios.

El Dios que cuenta los cabellos de nuestra cabeza y que recuerda también los pasos de nuestra aventura, y que recoge igualmente nuestras lágrimas en su odre (como dice el Salmo 56,8), cuida de cada uno de nosotros y este cuidado se manifiesta en formas diversas.

  1. La implicación

¿Por qué nos has regalado el Señor la presencia y compañía de los ángeles? ¿Por qué es bueno mantener viva una relación con los ángeles?

Porque si nos son entregados como acompañantes en el camino que conduce hasta Dios, no podemos relegar tal relación a determinadas circunstancias: la presencia del Señor debe impregnar cada momento de nuestra vida.

Y para llegar a él, el Señor no nos da solamente la custodia de los Ángeles o la intercesión de la Madre de Dios y de los Santos: toda persona que de alguna manera se convierte en nuestro compañero de viaje también es también un regalo de Dios, un signo de su presencia, una mediación suya.

En este sentido todos somos ángeles de la guarda unos de otros, porque es el deseo del Señor que cada una de nuestras relaciones sea primicia de la comunión que todos viviremos en plenitud cuando lo veamos cara a cara.

Si la plenitud de la vida es poder contemplar a Dios tal como es, el ver finalmente su rostro, en la atención a los más pequeños ya hay una anticipación de la vida trinitaria.

Los ángeles son la memoria permanente de la necesidad que todos tenemos de vivir la comunión con Dios, de la importancia de guardar en nosotros la conciencia de nuestra filiación, de la confianza requerida y del abandono en las manos del Padre, del compromiso de hacer su voluntad, del no tener miedo, del reconocer el bien que también hay a nuestro alrededor y del abrir el corazón a la alabanza.

Esto es lo que el Hijo de Dios experimentó con su Padre y esto es lo que los hijos estamos llamados a hacer bajo la custodia de nuestros ángeles de la guarda.

Meditando en la custodia de los ángeles pienso en el asombro que todos experimentaremos al final de la vida, cuando nos demos cuenta de la cantidad de veces que los ángeles nos protegieron de peligros, cuanto nos ayudaron en un momento de apuro: ¡sólo Dios sabe cuánto nos libran de esos contratiempos que a veces parecen mandar al aire nuestros planes!

El Señor siempre ha estado y sigue estando a nuestro lado. Y entenderemos que habrá sido providencial el haber encontrado tal o cual obstáculo en el camino, el haber perdido esa dirección, haber tenido algún retroceso, porque allí se manifestó su mano.

Los ángeles son el sacramento de la Gracia previniente o preventiva, esto es, la Gracia que anticipa y prepara el camino, que orienta desde ya nuestra vida hacia bien, incluso antes de que nuestra voluntad dé su consentimiento. Un papá o una mamá entienden bien esto: no espera a que su hijo se caiga para luego reprochárselo o lamentarse, siempre va delante para preparar los pasos. Así Dios con nosotros.

Lo dejo a tu consideración.

Oremos con la Iglesia…

“Oh, Dios,que en tu providencia inefablete has dignado enviar a tus santos ángelespara nuestra custodia,concede, a los que te suplicamos,ser defendidos siempre por su proteccióny gozar eternamente de su compañía”
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.