Todos tenemos un Padre que nos creó y nos marca cada día con sus locuras de amor, nos deleita en su presencia, con paz, fortaleza, sabiduría y poder. Ser conscientes de esta maravillosa verdad “que le pertenecemos” nos sostiene y sostendrá ante las dificultades. 

Cuando en la oración levantamos nuestra alma y confiamos rendidamente nuestra vida a la paternal dirección, no quedamos defraudados, porque no hay un padre que no se derrita ante sus pequeños que le piden con confianza y perseverancia y si no conviene, aun en medio de nuestra terquedad nos guía como lo dice el Salmo 25,”Al hombre que honra al Señor, él le muestra el camino que debe seguir; lo rodea de bienestar, y da a sus descendientes posesión del país”   pero nunca, nunca quedaremos defraudados.

 Porque al pertenecerle somos sellados, pero no con un sello como el que las personas suelen imponer a los demás seres, un sello que busca dominar y manipular para cumplir egoístamente absurdos intereses, no, el sello de Dios es diferente, es el Espíritu Santo que nos da libertad y sabiduría para obrar, para usar nuestras capacidades en favor del amor y la verdad, para luchar contra las adversidades.

 Un sello que pone en nuestra mente, nuevas perspectivas de vida en favor del reino de Dios y nos aleja de las cosas banales, de tentaciones que nos llaman a volver al camino de la muerte, de lo que le desagrada a Dios, porque “los que viven conforme a la naturaleza del hombre pecador, sólo se preocupan por lo puramente humano; pero los que viven conforme al espíritu se preocupan por las cosas del espíritu. Y preocuparse por seguir las inclinaciones de la naturaleza débil lleva a la muerte; pero preocuparse por las cosas del Espíritu lleva a la vida y a la paz” (Rom 8, 5-6).

 El sello de hijos de Dios, de los que le pertenecemos, nos lleva a ser perseverantes, a esforzarnos a diario por buscarlo, tanto en situaciones de calma, como en situaciones de confusión o persecución. Llamarle “Abba Padre” con total confianza y escuchar su voz, su guía y recibir su protección, para alcanzar la verdadera vida, la vida de Dios y no seguir falsas voces de quienes quieren robarnos las bendiciones y la paz.