Me enamoré de Jesús el humano

Hace un par de días mantenía una conversación con un amigo a quien aprecio mucho, esta persona se declara no creyente, pero aún así conoce a profundidad el cristianismo, pues, creció en el seno de una familia cristiana. En medio de nuestro ameno y fluido diálogo me dijo algo que me recordó mi gran amor por el cristianismo y lo que posibilitó mí constante militancia dentro del mismo.

Él me dijo, «en medio de todo lo que critico al cristianismo hay algo que me gusta y a la vez me genera una gran admiración, dado que se diferencia de otras religiones». Y pregunté admirado: ¿A qué te refieres? «La idea de un Dios humano, pensar a Jesús tan hombre, tan frágil, tan igual a nosotros».

Pese a que la conversación continuó, yo me quede pensando en aquellas palabras (“Un Dios Humano”). Y la cosa es que, si bien, en un primer momento me acerque al cristianismo, a la fe y a la Iglesia porque había descubierto a un Dios de milagros; con el paso del tiempo y las experiencias me enamoré de ese Jesús humano que predicaba sobre el amor, ese que no jusgo a nadie, ese que siguiendo sus palabras dio la vida en la cruz por sus amigos (Cfr. Jn. 15,13).

Y es que la verdad, en mi concepto el milagro más grande que Dios se ha dignado concederle a la humanidad es que su único hijo fuese un hombre de carne hueso, que sintió igual que todos nosotros alegrías y tristezas, que del mismo modo experimentó el placer y el dolor, que fue amado y amó, en fin… Tantas cosas que solo están reservadas a los hombres, pero, con el paso del tiempo y con la pérdida de nuestra capacidad de asombro se desvirtúan.

Ese ejemplo de Jesús tan humano, sobre todo en el pasaje en el que se encuentra con la Samaritana (Jn. 4.), pues, en lugar de juzgarla y sentenciarla como ‘pecadora’ –siendo Dios–, decide ayudarla a encontrar la verdad, con ello dignifica su persona, en tanto que la aleja del pecado y de la condenación de una vida sin Dios. Por otro lado, no importó la procedencia de la mujer o su estrato social sólo se fijó en ayudarla, la vio como igual, como su prójimo.

La invitación que les tengo es sencilla, repasemos los evangelio y conozcamos a ese Jesús humano, a ese Dios que amó y que ama, a ese que nos ve de tú a tú y que nos guía a partir de la experiencia vivida.

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