Si nos detenemos por un breve segundo a pensar en qué momento de nuestra vida, algunas personas nos han prestado algún servicio, sea a nosotros mismos o a algún miembro de nuestra familia, nos daremos cuenta que hablamos de algo que es fundamental en nuestra vida; la ley de la vida es que todos necesitamos de todos, lo vemos muy claramente reflejado en nuestro país, por ejemplo, este produce ciertos rubros que son necesarios para sus ciudadanos, pero siempre necesitará exportar algo de lo que produce para poder comprar en un país extranjero otro bien que necesita pero que él no produce.

En la vida del cristiano,  se requiere de dos características fundamentales, como lo vemos muy claramente en el evangelio de Lucas en el capítulo 10 verso 38 al 42 “Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del señor, escuchaba su palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.” Le respondió el Señor: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.”” de una parte, podemos distinguir la vida activa de Marta, que si bien es cierto, era su deber como dueña de la casa donde recibió al señor, preparar todo lo concerniente para atenderlo, sin embargo, también es necesario que haga parte de nuestra vida de cristianos, la contemplación del Señor, que en medio de todos nuestros quehaceres podamos dejar tiempo para estar a los pies del maestro y contemplar su rostro y vivir su palabra, como lo hizo María,  esta es la mejor parte y si la escogemos no nos será quitada por nadie.

El fundador de la congregación de Jesús y María, el Padre Juan Eudes, nos habla en su libro “memorial de la vida eclesiástica” 5, 14: Oeuvres Complétes á, 204-208 y nos dice “Tengan en ustedes los sentimientos de Jesucristo. Él, a pesar de su condición divina, se anonadó a sí mismo”; también en el evangelio de Lucas en el capítulo 22, 27 nos dice: – “Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”. Es muy evidente que el verbo encarnado está plenamente al servicio del género humano, desde el momento de hacerse carne en el vientre de la santísima virgen María por obra del Espíritu santo, se da el mayor gesto de anonadamiento porque se trata del verbo (Palabra) de Dios que se hace niño, adquiriendo  sus características , así pues, el Verbo de Dios o la palabra de Dios, no puede hablar. Nuestro señor Jesucristo, en su paso por la tierra, como una más de nosotros,  nos deja una enseñanza de su  entrega mediante el servicio, ese vaciamiento o desprendimiento de sí mismo, lo hace por puro amor. San Juan Eudes, toma para su vida esta misma experiencia de entrega, amando profundamente a Cristo y a su iglesia, completando en sí mismo los misterios de Jesús, es decir, dejando a Jesús vivir y reinar en su corazón y a su vez invitándonos a continuar y completar la vida de Jesús.

Solo cuando nos ayudamos el uno al otro es que servimos a Dios plenamente, porque es por medio del servicio de hombres y mujeres, de niños y niñas que la obra del Señor se puede llevar a cabo, es la manera más generosa de hacer vivir y reinar a Jesús en nuestro corazón, de esta manera hemos tenido los mismos sentimientos de Jesucristo y hemos permitido que sea él quien sirva a nuestros hermanos por medio de nosotros.

Por: Daniel Picado y Simón Triana, Seminaristas Eudistas, Provincia Minuto de Dios.