Jueves 9 de julio (exclusivo para Colombia).

María: Nuestra Señora de la Escucha Activa de la Palabra

San Lucas 11, 27-28

“Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la ponen en práctica”.

A eso de las nueve de la mañana de un día viernes 26 de diciembre de 1586, ante la mirada sorprendida de la sevillana María Ramos y la indígena Isabel, quien llevaba de la mano a su hijo Miguelito de cuatro años, un deteriorado cuadro de la Virgen del Rosario –hecho de rústica tela de algodón de procedencia indígena-, arrojando fuertes luces se renovó en todo su esplendor: cerrándose los rasguños y agujeros de la tela recobró instantánea y prodigiosamente su brillo y su color.

El cuadro, pintado en Tunja por el español Alonso de Narváez en 1562, deteriorado por la inclemencia de la lluvia y la humedad, de manera que ya no se reconocía casi nada, había sido dejado en 1577 en Chiquinquirá-Colombia y ocho años más tarde María Ramos lo rescató para una pequeña capilla. Ante ella, la modesta mujer había rezado: “Rosa del cielo, ¿cuándo te podremos contemplar bien?”.

La imagen, conservada hoy en su Basílica en Chiquinquirá, fue declarada por el Papa Pío VII en 1829: Patrona de Colombia.

En el centro del cuadro está María: allí parece en posición de caminante envuelta en su manto de peregrina, sostenida por una media luna –símbolo de la protección de Dios-, y con su dulce rostro que contempla a Jesús, el cual lleva entre sus brazos. El niño mientras tanto juega con un pajarito, en cuanto un profundo diálogo entre los dos parece desenvolverse al ritmo de las cuentas del rosario que cada uno lleva en la mano. La escena engloba un intenso recogimiento del cual surge una dinámica de vida: María se revela como madre tierna y al mismo tiempo como discípula “seguidora” de su Hijo recorriendo los caminos del Evangelio.

Dos hombres oyentes de la Palabra de Jesús, que han vivido con radicalidad el evangelio, el Apóstol-Mártir san Andrés –quien también murió como Cristo- y el santo amigo de san Francisco, san Antonio de Padua (o de Lisboa) -de quien se dice que se le aparecía el Niño Jesús- aparece sosteniendo la Palabra de Dios en su mano.

Si bien el centro del cuadro es María y su relación orante con Jesús por la impregnación contemplativa del Evangelio, tanto Andrés como Antonio nos representan a nosotros y nos muestran cómo la Palabra de Dios llevada a la oración se hace vida. Un maravilloso ejemplo de “Lectio Divina”.

Precisamente el evangelio que en Colombia se lee en este día, coloca en el centro la escucha y la vivencia de la Palabra del Señor: “Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lucas 11,28).

La escena del evangelio se ubica en medio de la cotidianidad del ministerio público de Jesús. Allí donde su deslumbrante misericordia con los pobres y enfermos, con los marginados y pecadores -todo ello como signo de la aplastante victoria sobre el mal-, ha atraído la admiración de muchos. De repente una mujer anónima, de manera espontánea levanta la cabeza en medio de la multitud y se atreve a interrumpir el discurso que está pronunciando Jesús para lanzar un grito de felicitación para la gran madre de tan gran hijo: “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!” (11,27).

Esta mujer quiere decir que cuando al hijo le sale bien, la primera en ponerse contenta es la mamá. Pero, ¿Qué enseñanza nos da este pasaje?

La mujer estaba fuertemente impresionada por la persona de Jesús. Y fue el amor por Jesús lo que la llevó a poner la mirada en la Madre. Lo que en principio le ha impresionado han sido las palabras de Jesús y su poder sobre los demonios (ver el pasaje anterior: 11,1426), pero esta mujer sabe ver más allá en el misterio de Jesús: la estrecha y recíproca relación entre madre e hijo, y la significación que tienen el uno para el otro:

(1) El Hijo debe estar agradecido con su Madre: el vientre materno lo circundó, lo protegió y lo nutrió antes de su nacimiento; aún después del nacimiento el seno materno le siguió dando vida.

(2) La Madre debe estar feliz con su Hijo: la felicidad de la Madre depende de la condición del Hijo, todo lo que Jesús hizo por la salvación del hombre hace feliz a la Madre. En la alegría de María celebramos nuestra salvación.

Puesto que un hijo le debe la vida a su madre, en la vida del hijo permanece –por decir así- la vida de la madre, viviéndola en la felicidad y en el dolor. Así, la relación entre los dos no puede ser más estrecha y mucho más cuando por la obediencia al proyecto de Dios el camino de los dos se va convirtiendo en uno solo (ver Lucas 2,34-35).

“Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (10,28). La respuesta de Jesús a la mujer que felicita a su Madre María no es un rechazo de tan espontáneo piropo. Jesús retoma sus palabras y las completa: la bienaventuranza de la Madre le corresponde también a todos los que son como ella, esto es, a todos los que acogen su mensaje como Palabra de Dios y lo viven en serio. Todos los que como María, recorren el camino de Jesús de manera vital, en la más honda relación y apropiación de vida con Él, comparten su bienaventuranza. Para María esto es una gran alegría, porque su Hijo no permanece significativo solamente para ella sino para todos los que se hacen sus discípulos.

En el lienzo de la Virgen renovado en Chiquinquirá se nos repite este mensaje. En su rostro de Madre está el Evangelio vivo porque ha abrazado en su amor al Verbo hecho

carne e Hijo de Dios. El diálogo confidente con aquella a quien reconocemos también como nuestra Madre debe ir llevándonos más profundamente hacia el misterio de la comunión con su Hijo, impregnándonos de Él por la lectura orante de cada una de las escenas vivificadoras del Evangelio.

El Evangelio se ha impregnado en los ojos contemplativos de la Madre y mucho más en sus manos servidoras y portadoras de vida. Con fuerte deseo de ver muchos signos de vida y de gozo en todos los rincones de nuestro suelo nacional, ojalá también hoy brote espontánea en nuestro corazón la oración de aquella otra humilde mujer en las montañas de Colombia: “Rosa del cielo, ¿cuándo te podremos contemplar bien?”.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón 1. Ante la realidad de violencia y deterioro de los valores que vive nuestra Patria, ¿Qué mensaje nos trae la renovación del cuadro de la Virgen de Chiquinquirá que hoy celebramos? 2. En nuestra Patria hay varios santuarios marianos, entre los cuales se destaca el de Chiquinquirá. ¿Qué tan fuerte es en mi vida la presencia de María? Ella vivió la Palabra y vivió de la Palabra. ¿Yo cómo me alimento diariamente de la Palabra de Dios?, ¿Con qué frecuencia la leo, la medito, la oro, la contemplo y dejo que se encarne en mi vida como en María? 3. Dediquemos juntos un rato de este día para orar a María por nuestra Patria, por todas las familias, por los niños, y pidámosle una vez más a la Reina de Colombia el don de la paz.

Oremos en este día…

“Oh Virgen, bella flor de nuestra tierra, envuelta en luz del patrio pabellón, eres tú nuestra gloria y fortaleza, madre nuestra y de Dios.

En burda tela avivas tu figura con resplandor de lumbre celestial, dando a tus hijos la graciosa prenda de la vida inmortal.

Orna tus sienes singular corona de gemas que ofreciera la nación, símbolo fiel del entrañable afecto y del filial amor.

A Ti te cantan armoniosas voces y te aclaman por Reina nacional y el pueblo entero jubiloso ofrenda el don de su piedad.

Furiosas olas a la pobre nave contra escollos pretenden azotar; tu cetro extiende y bondadosa calma las olas de la mar.

Brote la tierra perfumadas flores que rindan culto a tu sagrado altar; prodiga siempre a la querida patria los dones de la paz.

A Ti, Jesús, el Rey de las naciones, a quien proclama el corazón por Rey, y al Padre y Padre y al Espíritu se rinda gloria, honor y poder. Amen”

(Oración de S.S. Juan Pablo II en el Santuario de Nuestra Señora de Chiquinquirá, 1986)