Sábado – Semana 14 del Tiempo Ordinario.

El Manual de los Buenos Obreros del Evangelio (IV):

El perfil espiritual del misionero

San Mateo 10, 24-33

“¡No tengan miedo!”

A lo mejor a todos nos gustaría que lo que emprendamos siempre salga bien y sin ningún problema. Pero no siempre es así, y lo peor es que a veces dan ganas de desistir. Esto que es válido para tantos otros ámbitos de la vida, lo es también para el ejercicio de la misión.

En el contexto de la comunidad a la cual el Evangelio de Mateo le transmitía el Evangelio, parecía notarse un ambiente de escepticismo y desencanto debido a una serie de fracasos y problemas que habían surgido dentro de la comunidad. El hecho que el evangelista Mateo insista tanto en el tema de la persecución (comenzando por el mismo Jesús ya desde su infancia; ver Mateo 2,13-18) refleja la complejidad del ambiente en el cual los cristianos vivían y luchaban su fe: no era nada fácil, era como un pasar por una puerta estrecha (ver 7,13).

Por eso, en el “manual de la misión” del evangelista Mateo nos encontramos con una sección que está hecha para renovar los ánimos de una comunidad misionera que está perdiendo el impulso. Tres veces, ¡que insistencia!, hace sonar el imperativo: “¡No tengan miedo!” (10,26.28.31).

El miedo paraliza la aventura, enclaustra en falsas seguridades, mata los proyectos. El miedo genera resistencias internas que llevan a la postre a claudicar de las opciones tomadas y a renunciar a los sueños. Por eso los adversarios saben que es por medio del “miedo” que se hace el mayor daño. Pues bien: es ahí mismo donde Jesús fortalece a sus discípulos.

¿Qué hace brillar Jesús en el corazón del misionero? ¿Cómo lo fortalece interiormente? En el pasaje de hoy aparecen tres certezas que el misionero graba en su vida interior:

  1. La palabra del profeta no será callada (10,26-27)
    Los misioneros deben tener claro cuál es la propuesta de Jesús. Jesús no los manda a que enfrenten a sus perseguidores sino a que continúen predicando sin miedo, públicamente, desde lo más alto: “proclamadlo desde los terrados” (10,27). Esta es la manera propia de actuar de quien vive la bienaventuranza de la “mansedumbre” (5,5) y también la del que es “puro de corazón”, quien por no tener nada que esconder no tiene nada que temer.

La Palabra de todas maneras se manifestará por la fuerza propia que tiene, no podrá ser paralizada o “encubierta”: “No hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse” (10,26).

Además el discípulo sabe que la palabra que proclama no es suya. Como “profeta” que es, él ha recibido la Palabra de Dios como un don que no es para él mismo sino para los demás. Lo que Dios le ha dado internamente eso es lo que anuncia: “Lo que a vosotros os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados” (10,17).

He aquí un rasgo fundamental de la espiritualidad del misionero: cultiva una profunda vida interior. La Palabra que allí “escucha” es su mayor fuerza.

  1. La vida del misionero está en los brazos poderosos del Padre (10,28-31)
    Esta certeza también acompañó a Jesús en sus dificultades, particularmente a la hora de la Cruz. Jesús se lo transmite también a los suyos: Dios es Papá que tiene cuidados maternos con su comunidad, en Él se puede confiar. La vida está segura en sus manos: “hasta los cabellos de su cabeza están todos contados” (10,30). Cada persona vale mucho para Él (10,31). El conocimiento de esta jerarquía de valores de Dios Padre infunde una gran seguridad.

Pero la confianza debe ir acompañada de la vigilancia: el mayor riesgo del misionero no es su vida física sino el que consigan desviarlo de su opción (10,28). Esta estrategia de los perseguidores es bien conocida: cuando no consiguen callar al profeta ni siquiera con las amenazas de muerte le ofrecen atractivos para cambiarle su manera de pensar. En el libro del Apocalipsis se denuncia esta estrategia.

El misionero debe estar siempre muy centrado en su opción, con la mirada puesta donde es, porque sino no, el mundo que él encuentra difícil de cambiar puede terminar cambiándolo a él. Por eso: “Teman más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego que no se apaga” (10,28).

  1. La fidelidad de Jesús con su misionero (10,32-33)
    Con una misma frase dicha primero en positivo y luego en negativo, Jesús dice que el comportamiento del discípulo determina su posicionamiento en el juicio final.

En positivo se dice: “Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los Cielos” (10,32). El “declararse” por Jesús describe la terquedad del misionero cuando las circunstancias le piden que esconda su identidad. El “sí” por Jesús no se quedará en el vacío.

Esta triple certeza enclavada en el corazón del discípulo-misionero le da fuerza interna para el ejercicio de la misión, le ayuda a superar sus crisis y salva su vocación. Hagamos hoy un buen reposo sabático para reflexionar sobre nuestras crisis y temores, y sanarlas.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Qué entendemos cuando afirmamos que la vida del misionero está en los brazos misericordiosos del Padre?

2. ¿He sentido alguna vez el miedo ante una misión que se me confía? ¿Me he sentido impotente, sin ánimo?, ¿Cuál ha sido mi primera reacción?, ¿Rechazarla?, ¿Evitarla?, ¿Arriesgarme y confiar?. ¿Qué papel jugó aquí mi relación con Jesús?

3. ¿Todo lo que hago en mi casa, en mi trabajo o estudio, está sostenido por una profunda vida interior o simplemente lo hago con motivaciones puramente humanas y materiales?,

¿Cómo puedo ayudar a otros a tomar conciencia de que las cosas tienen valor cuando brotan del interior?

“Llévame donde los hombres necesiten tus palabras, necesiten mis ganas de vivir; donde falte la esperanza, donde falte la alegría, simplemente por no saber de ti”

(Del canto “Alma misionera”)