Desde hace un tiempo me viene inquietando los distintos conceptos o imágenes de Dios que tenemos algunos seres humanos y fue por ello que en la primera entrega de esta reflexión abordé el tema Dios a mi medida. Hoy como complemento a lo expresado en esa entrega, quiero ofrecer a todos aquellos que me hacen el favor de leerme una reflexión sobre lo que considero es una experiencia liberadora de Dios y para ello apelo a la experiencia de Jesús en el Evangelio, me refiero a la manera como él siendo Hijo de Dios captó y más aún vivió a su Padre.

Para comprender mejor el presente mensaje, es necesario buscar en la Sagrada Escritura, aquellas palabras que pueden ofrecer una posible respuesta a lo que quiere comunicar.

1 Juan 4, 8 ofrece una característica fundamental del Dios de Jesucristo: amor. ¿Acaso puede existir una mejor palabra para englobar lo grande y desbordante de Dios? Al decir la Palabra que Dios es amor, quiere mostrar que la esencia de Dios, lo especial de él es irradiar sólo cosas que vayan en pro del crecimiento de sus hijos. Ahora bien, lo sorprendente de este amor es que no queda en lo discursivo, palabras bonitas, sino que se hace evidente a través de obras específicas, se puede constatar, se puede palpar. La prueba reina del amor de Dios Padre, es el haber enviado a su hijo para salvar a todos los hombres y mujeres que se dejan amar por él.

Una experiencia de un ser humano como tú y como yo que confirma esta manera de vivir a Dios es la que expresó en su tiempo un hombre llamado Juan Eudes, para él, pensar en Dios era pensar en Jesús su hijo y al detenerse sobre éste lo asimilaba como una hoguera de amor, para este santo particular de la Iglesia, el ADN de Dios es el amor, amor con locura que no se conforma, que no se reserva nada, sino que lo entrega todo para que el amado alcance libertad, plenitud y felicidad. Yo me identifico con esta manera de vivir a Dios porque me hace comprender a Dios antes que castigador como el eterno amante, todo amor que espera que yo desde mi libertad decida entrar en él para quemarme en su total amor.

Una segunda característica que me impacta de Dios a partir de la Biblia, es aquella que describe Juan 1,14; donde enfatiza que el Hijo de Dios: “puso su morada entre nosotros”, lo que esto me dice a mí es que el mismo Dios tomó la forma y vida humana, asumiendo no sólo el cuerpo humano sino también sus angustias, problemas, inquietudes, dudas. En una palabra, el Hijo de Dios se atrevió a vivir en su carne propia las batallas de los hombres y mujeres de este mundo. ¿Qué Dios puede hacer esto? sino el Dios de Jesucristo que se atreve a caminar de la mano de su Pueblo y lo acompaña en luchas diarias.

Después de reflexionar sobre estas dos características de Dios, puedo decir que la imagen que en un tiempo tuve de Dios, como aquel que me castigaba, poco a poco se borra y en su lugar se posa más que una imagen, una experiencia de Dios amoroso que no permanece indiferente ante mis luchas, sino que se hace mi compañero de camino y me anima en todo momento a continuar a su ejemplo.