Jueves – Semana 14 del Tiempo Ordinario.

El Manual de los Buenos Obreros del Evangelio (II):

El misionero se distingue por su estilo de vida

San Mateo 10, 7-15

“Gratis recibisteis, dadlo gratis”.

Al darles las instrucciones a los discípulos para el ejercicio de la misión, Jesús coloca en sus manos un verdadero “manual” que deben tener siempre presente.

Mateo anota solemnemente: “A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones” (10,5a). Puesto que el autor de la misión en última instancia es el mismo Jesús, todo se realiza según sus indicaciones.

El manual de la misión comienza con la descripción de la tarea propia que le compete a un apóstol de Jesús:

(1) Su marco geográfico-espiritual: la búsqueda de “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (10,6). La ruta es definida: “no toméis camino de gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos” (10,5b), esta apertura sólo se dará después de la muerte y resurrección de Jesús, cuando haga el envío universal: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (28,19). Por ahora, la misión empieza en casa.

(2) Su contenido: la proclamación de la cercanía del Reino en la persona de Jesús (10,7). El anuncio de la cercanía del Reino con pocas palabras y muchos signos transformadores no es otro que el de la venida de Jesús quien, con su poder tocando al hombre en el fondo de su miseria, hace presente la voluntad misericordiosa de Dios que sana, perdona y trae la paz.

Lo que el apóstol tiene que decir es poco, en cambio las acciones son grandes. Él convierte cada día de la historia en una página viva del evangelio: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (10,8a).

Los profundos contenidos del Reino se reflejan entonces en el nuevo estilo de vida de quien los anuncia. Veamos cinco rasgos distintivos de este nuevo estilo de vida:

(1) El misionero se distingue por su corazón, por su ternura activa para con los enfermos, los pobres, los leprosos, los endemoniados (10,8a). Todos los milagros enumerados por Jesús suponen una apropiación del evangelio, impregnándose de la compasión de Jesús con los sufrientes de la tierra.

(2) El misionero se distingue porque anda con lo estrictamente esencial. Al compartir la pobreza de Jesús queda claro que lo que cuenta al fin y al cabo no son los recursos materiales para la misión sino la persona, ella misma, en primer lugar. El misionero exhibe austeridad en su vestido, en su alimentación y en sus recursos económicos (10,910). Todo ello como expresión tangible de la opción prioritaria por el Reino. Con todo “tiene derecho a su alimento” (10,10b; los misioneros necesitaban de comunidades que los acogieran y sostuvieran su misión itinerante; probablemente había comunidades que no querían colaborar en el sostenimiento de los misioneros y por eso se recuerda este deber fraterno).

(3) El misionero se distingue por sus relaciones interpersonales: sabe iniciar la misión en el complejo mundo urbano (se informa, saluda, es cortés, es constante; ver 10,11). Además de comenzar es capaz cerrar bien los procesos (“hasta que salgáis”; 10,11b).

(4) El misionero se distingue por su disponibilidad, por realizar bien la tarea y sin ninguna otra motivación que no sea el servicio generoso. Así como lo hizo con despojo externo, el despojo personal es el indicador más evidente de una vida que se da en oblación a sí misma: la gratuidad del don (10,8b). Esta es la manera concreta de ir hasta la raíz del mal como Jesús lo hizo. Por eso es muy diciente el que no se pida nada a cambio y se esté dispuesto para todo lo que se le pueda requerir.

(5) El misionero se distingue por la capacidad de soportar la oposición y el rechazo (10,13-14). El fracaso no lo deprime ni las reacciones agresivas de los destinatarios le roban la paz. La misión está expuesta a inconvenientes, algunos leves y otros de mayor envergadura. Él actuará con madurez, a la altura de las circunstancias, al estilo del Maestro.

La tarea está dicha y los requisitos para realizarla bien ya fueron expuestos. Con estas orientaciones se formará el nuevo pueblo de Dios que hace la experiencia profunda del Reino. La Palabra de Jesús tiene vigor para formar en el mundo de hoy excelentes misioneros que la hagan posible.

Releamos ahora el texto muy despacio, ojalá subrayando los verbos en imperativo, distinguiendo lo que está en positivo y lo que está en negativo. Si contamos con algo de tiempo podríamos, incluso, comparar con el evangelio del domingo pasado. Luego confrontemos las enseñanzas con el estilo de vida que estamos llevando y dejemos que la Palabra inspire en nosotros decisiones concretas a favor de nuestro crecimiento personal.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Cuáles son algunos de los rasgos que deben distinguir el modo de vivir de un verdadero misionero del Reino?, ¿Cómo los vivo personalmente?, ¿Cómo los vivimos en el grupo al cual pertenezco?

2. ¿En mi familia, entre mis amigos o conocidos, sé de alguien que por diversas circunstancias se ha alejado de Jesús?, ¿Qué he hecho concretamente por esa persona?, ¿He orado?, ¿He dialogado con ella?, ¿Le he aconsejado el diálogo con alguien que la pueda ayudar?, o, sabiendo el caso, ¿me he manifestado indiferente?, ¿Qué haré al respecto?

3. La sociedad de consumo nos presenta un estilo de vida muy distinto al que propone Jesús a sus misioneros. ¿Qué tenemos que hacer para vivir más de acuerdo con Jesús? Como grupo, acordemos algo concreto para contrarrestar el influjo de dicha sociedad.