Estamos caminando en el descubrimiento a diario del infinito amor de Dios en nuestras vidas, estamos retomando la conciencia de que somos sus hijos, sus niños que se maravillan al descubrir las obras del creador y verse rebasados por tanto amor y tanto poder que va más allá de nuestras fuerzas y entendimiento.

 

Definitivamente, el mejor momento para ver las sorpresas de Dios es la oración, porque es una aventura que se sabe donde inicia pero no se sabe dónde termina, sabemos que podemos iniciar agradecidos con nuestro Padre, en ocasiones avergonzados y en otras hasta inconformes, pero no sabemos a dónde nos llevará Dios, cómo nos transformará.

 

Aunque parezca extraño, aunque nos sintamos indignos, Dios sabe reconocer un corazón confiado, sincero, transparente, arrepentido, quebrantado, así como lo enseña en el Salmo 51: “un corazón contrito y humillado, oh Dios no lo desprecias”, porque nuestro padre nos ama y solo busca nuestro bienestar.

 

Porque en eso consiste la oración, cada diálogo con Jesús, en acercarse sin reservas, confiando en la respuesta amorosa de Dios, aun en los tiempos difíciles, aun el desierto más intenso, aun cuando se acaba el vino de la vida,  él comprende nuestra humanidad y solo espera nuestro fiat, un sí dócil a su voluntad, un sí como el de nuestra madre María. 

 

Así colocando nuestra vida, nuestra hambre y sed, haciendo todo lo que él nos dice, el Espíritu Santo llega con poder, coloca la unción, ordena, sana, restaura, llena de gozo y nos lleva a amar y servir mejor a nuestros hermanos, primero en la familia, luego en el estudio o el trabajo, en la comunidad y en nuestra patria Colombia, nos transforma como canales por los que la fuerza y el poder de Dios fluyen.