En cada amanecer las puertas del cielo se abren, brindándonos el gran milagro de la vida y del amor de Dios, una nueva oportunidad de alabar, adorar, admirar, soñar y construir sin límites.
Desafortunadamente nos habituamos a caminar por donde nos marca el agitado ritmo del mundo actual y nos distraemos con sus ruidos espirituales (miedos, dudas, rencores, ambiciones).

Necesitamos apartarnos, permitir que la claridad y la luz de Dios llenen nuestro corazón, necesitamos despertar con un corazón humilde a la gracia de la vida, aprovechar cada segundo en la casa común, en la casa familiar, en el colegio, en la universidad, en el trabajo, con nuestros amigos incluso con nuestros contradictores.
Entrar en relación con el Señor, encontrarnos en cada segundo del camino con él, abrirle el corazón y con él descubrir lo esencial de la vida, su presencia que está en todo y en todos.

Finalmente, es fundamental, sorprendernos, dejarnos deslumbrar con nuevos colores de libertad, con una nueva inteligencia para administrar su obra, para ser sensibles a su poderosa voz (Jn 10, 27) que nos conduce a su perfecta voluntad en la circunstancia que sea, es vital que nuestro corazón y nuestra vida se dispongan a la “recreación” diaria del Espíritu Santo.