Cuando nos sumergimos en la presencia de Dios con un corazón sincero y confiado, dispuesto a reconocer la grandeza de Dios que está desde ese respiro en ese segundo de vida hasta la bendición que él está otorgando, podemos sorprendernos y maravillarnos de sus obras y agradecer hasta lo que en nuestra lógica no entendemos que es para nuestro provecho.

 

 

A veces en la agitada vida y en la sociedad consumista que nos envuelve, no sabemos reconocer que son más las bendiciones con las que contamos a diario, como el hecho de abrir los ojos, respirar, moverse, caminar por sí mismos, tener brazos y manos, tener alimentos, poderlos disfrutar, contar con seres queridos, tener una patria, pero ante Dios la venda de los ojos es retirada y podemos darnos cuenta que los verdaderos tesoros están en nosotros y muy cerca de nosotros, no en los bancos, en la finca raíz, en las tiendas físicas o en las online.

 

Dios nos lo ha dado todo, la vida, la salvación, la fe, la salud, la casa común, las viviendas, los dulces abuelos, los generosos padres, los tiernos y aventureros hijos, los comprometidos esposos, los inquebrantables amigos, los firmes hermanos, los entregados sacerdotes, las bondadosas religiosas, los responsables docentes, los útiles conocimientos, las divertidas y fieles mascotas, la importante educación, los dignificantes trabajos, los espectaculares viajes, los prácticos vehículos, etc.

 

Ahora bien, en la intimidad de la oración el Espíritu Santo aumenta nuestra sensibilidad ante su obra, porque nadie más conoce lo profundo de nuestro ser, nuestros auténticos sentimientos y nuestros verdaderas necesidades, como una madre o un padre que sabe en sus entrañas cuando su hija o su hijo tienen hambre física o anímica, y busca dar el alimento, la corrección, el abrazo, la palabra justa para saciar esa necesidad y dejarnos satisfechos, ante lo cual solo podemos agradecer.

 

Esa actitud sensible y noble nos lleva a dar gracias por lo que Dios hace cada día, a  expresar con nuestros labios una alabanza, llena del gozo del amor de Dios hasta por nuestros bienhechores, como los llama San Juan Eudes, aquellos que nos contradicen, persiguen, calumnian, que cumplen con su misión de limar nuestro carácter y acercarnos a Jesús, a una vida nueva.