Miércoles – Semana 20 del Tiempo Ordinario.

San Juan Eudes, Presbítero.

Una espiritualidad de la gratuidad y no de la recompensa
San Mateo 20, 1-16ª
“¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”

Con una parábola se nos explica la inversión de situaciones propia del Reino de los Cielos: “los últimos serán primeros y los primeros últimos” (20,16; ver 19,30). Esta realidad ya la habíamos visto ayer, hoy la profundizamos.

No debemos perder de vista que en el Evangelio de Mateo todavía se está exponiendo ampliamente la novedad del Reino, cuyo sentido último es mostrarnos la otra cara de la realidad en la que está obrando Dios y cuya lógica (sus proyectos) subvierte a la nuestra.

Jesús parte de una realidad bien conocida en su época: el desempleo y el subempleo. Por eso la parábola se escenifica en una plaza en la que continuamente se encuentran desempleados esperando una oportunidad de trabajo. De igual forma en el escenario aparece un movimiento que sigue las diversas horas de una jornada: el amanecer, las nueve de la mañana, el mediodía, las tres y las cinco de la tarde, y finalmente el fin del día al atardecer.

Un patrón yendo y viniendo continuamente haciendo contratos. Los jornaleros tienen la expectativa de que su pago será proporcional al tiempo trabajado. Pero ¡oh, sorpresa!, no es así, todos reciben por igual y los interesados están a punto de hacer una huelga de protesta por la aparente “injusticia” de su patrón.

La parábola afirma la soberanía de Dios y su gracia que no está basada en el cálculo humano de la ganancia proporcional al esfuerzo. El corazón de Dios no se mide con esta “regla” de la recompensa.

Si bien Jesús nos enseña que Dios siempre espera que nos esforcemos al máximo, que no seamos pasivos, inactivos o indiferentes, requiriendo siempre nuestra activa colaboración, nos enseña también que estamos llamados a una justicia mayor (ver 5,20), que debemos vivir en sintonía con el corazón amoroso del Padre (ver 5,45 y 7,21). Efectivamente nuestro actuar justo y nuestro compromiso total son necesarios y podemos
estar seguros del reconocimiento generoso por parte de Dios. Pero eso sí, la relación con Dios no se fundamenta en la contraprestación sino en la gratuidad, en el dejar de lado cualquier segunda intención de beneficio propio.

Somos invitados hoy a descubrir el corazón bondadoso de Dios y a superar una espiritualidad rígida basada en la contraprestación con Dios: “me porto bien para que Dios me premie escuchando tal o cual petición que le haga”.

No debemos nunca decirle a Dios qué es lo que tiene que hacer con nosotros, sino más bien respetar su libertad y su bondad, y todavía más, alegrarnos con todo signo de su bondad que descubramos en nuestros hermanos, superando así cualquier sentimiento de envidia.

Dios no es un patrón con quien hacemos contratos sino un Padre de quien recibimos gracia y bondad.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

  1. ¿Cómo me siento cuando a otro le dan más de lo que creo que se merece?
  2. ¿Mi espiritualidad está basada en la doctrina del mérito o en la de la gratuidad del
    corazón misericordioso del Señor, quien me da todo su amor?
  3. ¿Cómo integrar la experiencia de la gracia con la exigencia del compromiso
    cotidiano con el Señor en los hermanos y en todos los aspectos de la vida?

“¡Qué prodigioso es ser cristiano!
¡Cuántos motivos tenemos de bendecir y amar
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
por habernos llamado y elevado a la dignidad de cristianos!
Por eso nuestra vida debe ser santa, divina y espiritual,
ya que ‘todo lo que ha nacido del Espíritu es espíritu’ (cfr. Juan 3,6).
Me doy a ti, Espíritu Santo:
toma posesión de mí y condúceme en todo
y haz que viva como hijo de Dios,
como miembro de Jesucristo
y como quien por haber nacido de ti,
te pertenece y debe estar animado,
poseído y conducido por ti”

(San Juan Eudes)