Jueves – Semana 20 del Tiempo Ordinario.

También hacerse digno
San Mateo 22, 1-14
“Muchos son llamados, mas pocos escogidos”.

Después de plantear un cuestionamiento acerca de la autoridad de Jesús (ver Mt 21,33-27), las autoridades de Israel son confrontadas por Jesús por medio de tres parábolas:
(1) la de los dos hijos (21,28-32);
(2) la de los viñadores homicidas (21,33-46) y
(3) la del banquete nupcial (22,1-14).

Hoy nos detenemos en la última parábola. No olvidemos que se trata de una
confrontación a aquellos que fueron destinatarios de la bondad y la salvación del Señor pero que al final no estuvieron a la altura de tal dignidad. Dios no nos obliga, no nos lleva a la fuerza a aceptarlo y a vivir según sus caminos, sino que apela a nuestra libre decisión.

La parábola del banquete nupcial en realidad son dos parábolas:
(1) la de los invitados que rechazan la invitación (22,1-10) y
(2) la del hombre que entró sin el vestido de boda (22,11-14).
En ambos casos se pone de relieve la gran bondad del rey para con sus llamados.

La invitación es un signo de su amor. El rechazo de la invitación es cerrarle a las puertas a una vida de comunión profunda con Dios.

Los primeros invitados se hicieron indignos porque le dieron prioridad a sus ocupaciones personales, no quisieron verse incomodados en los proyectos en los cuales se movían. El ofrecimiento de la comunión con Dios fue liquidado como algo que no tenía valor e impertinente.

El rey convoca entonces a nuevos comensales: la puerta se abre para todos sin excepción. Pero también en este caso puede salir a relucir la indignidad. Un hombre llega a la sala del banquete sin el vestido de fiesta. En el lenguaje simbólico bíblico, el vestido indica el estado completo de una persona, cómo aparece ante Dios (ver por ejemplo: Apocalipsis 3,4.5.18).

En esta parábola se quiere decir que la comunión con Dios no se da en cualquier estado, que es necesario estar preparado. Y es que para la comunidad de Mateo ésta era una realidad muy concreta: a ella llegaba de todo, buenos y malos, todos eran acogidos (ver Mt 18,1-10), pero surgían entonces conflictos porque algunos pensaban que podían llegar de cualquier forma y no se les notaba un esfuerzo de conversión.

El evangelio de Mateo nos enseña que escuchando a Jesús y haciendo la voluntad del Padre, adquirimos el vestido nupcial, alcanzamos la disposición global que es necesaria para la comunión con Dios. Por el camino del tomar en serio la Palabra se entra en el proceso de conversión.

La frase final, “muchos son los llamados pero pocos los escogidos” (22,14), no quiere darnos datos estadísticos sobre el número inicial de los corredores y el bajo número de los que llegan a la meta. Se trata de una advertencia para que no nos acomodemos, sintiéndonos seguros de todo, no sea que fracasemos al final.

Debemos emplear todas nuestras fuerzas para corresponder con altura a la llamada del Señor.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

  1. ¿Por qué Jesús confronta a las autoridades de Israel? ¿De qué manera esta
    parábola anuncia la apertura a los paganos?
  2. ¿Podemos vivir nuestra dignidad de cristianos sin asumir la exigencia de la
    conversión?
  3. ¿Sé valorar la invitación que Dios me hace? ¿Qué me impide estar a la altura?

“El gran apóstol no es el activista, sino el que guarda en todo momento su vida bajo el impulso divino. Cada una de nuestras acciones tiene un momento divino, una duración divina, una intensidad divina, etapas divinas, término divino. Dios comienza, Dios acompaña, Dios termina.
Nuestra obra, cuando es perfecta, es a la vez toda suya y toda mía. Si es imperfecta, es porque nosotros hemos puesto nuestras deficiencias, es porque no hemos guardado el contacto con Dios durante toda la duración de la obra, es porque hemos marchado más aprisa o más despacio que Dios. Nuestra actividad no es plenamente fecunda, sino en la sumisión perfecta al ritmo divino, en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios”.

(San Alberto Hurtado, Reflexión personal escrita en noviembre de 1947)