Viernes – Semana 18 del Tiempo Ordinario.

La confesión pública de la identidad del Maestro

¿Qué tan profunda es mi fe?

San Mateo 16, 13-23

“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

Siguiendo el ritmo del Evangelio de Mateo nos colocamos hoy ante la experiencia de fe más alta y más clara. Después (1) del cuadro negativo de los paisanos de Nazareth, (2) de las interpretaciones erradas del rey Herodes, (3) de la fe en progreso del mismo Pedro y (4) del grito de ayuda reconocido como auténtica expresión de fe la mujer cananea, nos colocamos hoy (5) ante la confesión de fe de Simón Pedro.

El contexto inmediatamente anterior es importante. Esta quinta escena se presenta en contraluz con dos relatos previos en los que los fariseos y saduceos: (1) Son reprendidos por Jesús por pedir un signo para creer (Mt 16,1-4), y de hecho Él no les da un signo diferentes de los de su misión (explorar los signos de los tiempos); (2) Son puestos como ejemplo de la actitud y de la doctrina que no hay que seguir (Mt 16,5-12).

El evangelista también está suponiendo que conocemos todo el itinerario de Jesús que ha venido narrando y que comprendemos que éste es el punto de llegada de su actividad precedente.

Curiosamente Jesús nunca le pidió a sus discípulos que le dieran una opinión sobre sus discursos o sobre las obras de poder que realizaba sino únicamente sobre su propia persona. Para Jesús esto es importante: ¿qué están comprendiendo acerca de su identidad? Es de esta manera que los quiere conducir hacia un conocimiento claro y profundo, del cual brota una confesión de fe sin equívocos. Pues bien, en el centro del evangelio no está tanto su anuncio sino la mismísima persona de Jesús.

Cuando Jesús pregunta qué opina la gente acerca de él, le responden: “Unos que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas” (16,14). La gente tiene a Jesús en una alta consideración, pero no pasa de una figura profética similar a la de los grandes profetas portavoces de Dios. Si esto es así, sería uno de tantos ya que muchos han venido antes y otros vendrán después. Con esta clasificación se deja entender que ya hay una gran valoración de Jesús pero que corre el peligro de no ir más allá de rotulaciones ya conocidas; por tanto la opinión publica no ha llegado todavía a lo que realmente importa: al descubrimiento de la relación inédita, única y particular, que Jesús tiene con Dios.

Cuando Jesús le solicita a los discípulos su propia opinión, Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16). El apóstol reconoce la doble relacionalidad que caracteriza de manera inequívoca a Jesús: • Para el pueblo es el “Cristo” (Mesías): el único, el último y definitivo rey y pastor del pueblo de Israel, enviado por Dios para darle a este pueblo y a toda la humanidad la plenitud de vida (como ya se vio en la multiplicación de los panes y en los otros milagros).

• Para Dios es su “Hijo”: vive en una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor entre el Padre entre ellos (ver 11,27).

Aquí no se habla de un Dios abstracto ni genérico, se trata del Dios vivente, el único verdadero y real, que es vida en sí mismo, que ha creado todo lo que es vida y con su inmenso poder vence la muerte. Jesús es el rey y pastor que en cuanto Hijo del Señor de la Vida se compromete con la vida de su pueblo, es el Mesías que profundamente ligado al poder vital mismo, al Dios viviente. Y el don de la vida será comunicado mediante la donación de la suya propia en el camino de la cruz, como lo anuncia en la segunda del texto de hoy (16,21).

La reacción negativa de Pedro le merece la reprensión y ser llamado de “Satán”, porque piensa a nivel humano y no acepta el camino de sufrimiento de Jesús (16,22-23). ¡Vaya ironía! Al discípulo modelo Jesús le dice delante de toda la comunidad: “¡Tú eres escándalo!” (16,23).

El culmen del camino de la fe no es la confesión de boca sino la confesión con la vida. En la ruta de la cruz tomará cuerpo este tipo confesión de fe que precisaba, en primer lugar, pasar por los labios.

Habrá entonces que comenzar a caminar en esta segunda etapa con una apertura de mente y de corazón total ante el proyecto de Dios: la plenitud de vida que brota del misterio del dolor vivido en íntima comunión con el crucificado, donde toma sentido toda vida, todo proyecto, toda realización.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Qué opinión de Jesús tiene la gente con la que trato cotidianamente en ambientes distintos a los de mi comunidad de fe? ¿Se parece a la opinión de la gente en tiempos de Jesús?

2. ¿Cómo expreso mi fe en Jesús, con qué términos? ¿Pedro expresa lo que personalmente estoy viviendo de Jesús?

3. ¿Qué podría hacer para la persona de Jesús esté siempre en el centro de mi vida?