Alguna vez visité una familia uno de cuyos hijos había muerto en un absurdo accidente hacía más de dos años. Todavía hacían duelo por él y hablaban del triste acontecimiento como si no quisieran superar su pena. Me contaron que después de ese día había desaparecido en el hogar la alegría, las ganas de estar juntos, y cada uno había tomado su propio camino de huida de esa amarga realidad. Junto con el hijo, habían sepultado su fe, su paz, su esperanza, hasta las ganas de seguir viviendo el hermoso proyecto de amor en pareja y en familia.

Me preguntaba interiormente: ¿Quién es el Señor de ese hogar: Jesucristo resucitado o la muerte que, supuestamente, les había arrebatado ese ser querido para siempre y la ilusión de vivir y amar? Recordé a san Pablo: Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, su fe es vana…Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los hombres más dignos de compasión! (1 Cor 15, 16-19).

San Pedro propone una alabanza que podría servirnos de modelo: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para ustedes (1 Pe 1, 3-4).

La esperanza viva es la consecuencia del triunfo de Cristo sobre el pecado, el mal y la muerte. Jesucristo resucitado es el comienzo de una nueva persona, de una nueva familia y de una nueva humanidad. La última palabra sobre el destino del hombre no la tiene ni la enfermedad ni el dolor ni la muerte. La tiene Jesucristo, el Señor de la vida, como lo dice san Pablo con toda su fuerza: ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos (1 Cor 15, 20-21).

La luz de la resurrección no hace desaparecer la cruz, sino que ayuda al creyente a comprender el misterio de vida y de amor que se origina en ella. La pascua no quita mágicamente las realidades de dolor, enfermedad, injusticia que se viven, pero sí nos dice que si Cristo está vivo en la gloria de Dios, si Cristo está vivo en Iglesia y en la historia, si está vivo por tanto en la familia y en cada uno de nosotros, las situaciones descritas no nos impiden amar, sino que nos hacen crecer en la esperanza y amar siempre más.

Para quien ha comprendido algo de la vida y del amor, ésta es una palabra que dice todo; Cristo nos asegura que quien vive en el amor, aun en medio de las situaciones más difíciles, no está abandonado por Dios, sino que es acogido, amado, llevado hacia la plenitud de la vida y de la alegría. Quien ama, recibe la vida de Cristo y se le da la posibilidad de transmitir vida y esperanza a su alrededor.

¿De qué manera estamos viviendo nuestra fe pascual en las familias? Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte (1 Jn 3, 14). La pregunta elemental es si reinan el amor, la comprensión, la bondad, la esperanza en nuestros corazones y en nuestros hogares.

Si en las familias, los corazones se abren de par en par a la presencia del Resucitado, a su poder creador, seguramente los hogares con dificultades y pruebas de diversa índole podrán decir a Jesucristo, como los derrotados discípulos de Emaús: Quédate con nosotros, porque atardece y el día ha declinado (Lc. 24, 29). Y Cristo “caminará con ellos”, “les explicará las Escrituras”, se les “abrirán los ojos”, “lo reconocerán en la fracción del pan” y podrán decir también: “¿No ardían nuestros corazones cuando estábamos con Él?” (Lc 24, 13-34).