Por diferentes ocasiones, tenemos que salir de casa, ya sea por estudio, trabajo o realizar aquellos sueños. Son momentos o etapas en los que nos apartamos de aquel calor de hogar a nuevos campos en los que incluso llegamos a formar otro vínculo familiar. Salir de aquel lugar en el que lo tenemos todo, amor, cariño, un plato de comida seguro, regaños, una que otra alcahuetería y llegar a otros rumbos y encontrarse solo, es difícil.

Tener a los que amamos en la distancia, nos llena de nostalgia, y de esas ganas de verlos, de sentir su aroma, abrazos, su voz,  lo cual no hacíamos al tenerlos cerca, e incluso nos llegaban a fastidiar. Al estar lejos, ya valoramos y le damos el valorar a cada uno, y al regresar en unas vacaciones tratamos de disfrutarlos al máximo.

A pesar de la distancia, de los miles de kilómetros que nos separen, siguen siendo aquellos que nos aman, sobre todo los que nos apoyan en cada paso que damos, tan solo para seguir adelante. Para nuestra familia la distancia no es un obstáculo, todo sigue intacto en cuestión del afecto que nos tienen. La distancia no implica que dejen de ser aquellos seres especiales para nosotros.

Permitamos que en esa distancia, las cosas bonitas, como los recuerdos y algunas llamadas, sean las que nos acompañen, pero que la mejor compañía para ellos – nuestra familia- y para nosotros – los que salimos de casa- sea Jesús de Nazaret, quien llega a inundarnos de su amor y acompañarnos en nuestros días.