Viernes – Semana 16 del Tiempo Ordinario.

Atención a lo interior: Las vicisitudes de la Palabra en la vida del discípulo San Mateo 13, 18-23

“El que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce”.

Anteayer leímos la parábola del sembrador (13,3b-9), hoy tenemos la oportunidad de profundizarla.

La parábola del sembrador retoma muy bien lo que le sucede a uno en la experiencia de la Palabra. De hecho, el primer enunciado de la parábola nos hizo caer en cuenta que Dios nos ofrece el don de su palabra-semilla sin fijarse inicialmente qué tipo de terrenos somos. Es claro desde el principio que hay un terreno ideal, pero sucede en un caso de cada cuatro.

La otra cara de la moneda que nos presenta la parábola nos confronta con la seriedad o no con que acogen el don de la semilla. La palabra, como fuerza de vida que es (por eso se la compara con una semilla) comienza a generar procesos en la vida de quien la recibe. Es aquí donde cuenta mucho nuestra responsabilidad: “Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino” (13,19ª).

(1) El caso de quien no comprende la Palabra del Reino (13,19b)
Mateo enfatiza el término “comprender”, que aquí es “aferrar” o “arraigar”, es decir, que le permitió un espacio en su vida y se dejó confrontar por ella.

Algunas experiencias de escucha no tienen el espacio suficiente para que ella haga su efecto y entonces se pierde rápidamente el primer esfuerzo. Hay oyentes distraídos que no se dan al menos un espacio de oración para asimilar la Palabra oída (o leída), o más exactamente, para “comprenderla”.

(2) El caso de quien no cultiva procesos (13,20-21)
Sucede a veces que se vive una vida espiritual hecha de momentos puntuales pero no se cultivan procesos. Esto no es convieniente, y mucho más cuando se trata de una experiencia de la Palabra: la semilla necesita surco.

A ésta realidad se está aludiendo cuando se advierte que uno de los factores que provocan fracasos y desilusiones es la “falta de raíz en sí mismo”, la cual está acompañada de la “inconstancia”. Se vive de emociones, de momentos luminosos y bellos, de ahí que ésta se vuelva pasajera. Mucho más cuando se viven momentos duros de confrontación, “una tribulación o persecución por causa de la Palabra” (13,21), entonces la persona “se escandaliza” porque sólo quiere gloria pero no cruz (precisamente aquí está hablando del “escándalo de la cruz” que provoca deserciones).

(3) El caso de quien no se deja tocar hondamente por la fuerza transformadora de la Palabra (13,22)
Hay personas que han realizado un camino de vida espiritual serio y prolongado, pero descuidan la necesaria “vigilancia” espiritual.

Existen dos factores que hay que discernir constantemente en la vida espiritual para que el camino de maduración sea siempre ascendente y provechoso: (a) las preocupaciones del mundo (que es el stress; ver el evangelio sobre el stress en 6,24-35); (b) la seducción de las riquezas (o los apegos que distraen el corazón de lo esencial). Ambos casos ya fueron tratados en el Sermón de la Montaña: tenemos aquí un signo claro de una Palabra que ha sido oída, aceptada con gusto, pero que no ha purificado verdaderamente el corazón.
(4) El oyente ideal de la Palabra (13,23)
Al final, en el perfil del oyente ideal de la Palabra, nos encontramos de nuevo el término “comprender”. Este conocimiento profundo, que había sido señalado en 13,14-15, supone una experiencia vital de la Palabra que, en cuanto semilla, ha germinado y está en condiciones de dar lo frutos de vida del cual es portadora.

A veces nos preguntamos por qué, a pesar de tantos esfuerzos, seguimos todavía en el mismo punto, sin percibir avances reales en la vida espiritual. Hoy el evangelio nos explica por qué.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Qué enfatiza la explicación de parábola del sembrador?

2. ¿Cuál de los cuatro tipos de “oyente” se parece más a mí?

3. ¿Qué decisiones voy a tomar para hacer posible –en lo que a mí respecta- un camino de maduración en la fe que sea siempre ascendente y que le da a mi vida la fecundidad prometida en el evangelio del Reino?

Cómo entró santa Teresa en un renovado camino de oración (II) “Cuando comencé a leer las ‘Confesiones’ (de san Agustín), paréceme me veía yo allí. Comencé a encomendarme mucho a este glorioso Santo. Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto (‘Toma y lee’), no me parece sino que el Señor me da dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre mí misma con gran aflicción y fatiga. ¡Oh, qué sufre un alma, válgame Dios, por perder la libertad que había de tener de ser señora, y qué de tormentos padece! Yo me admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. Sea Dios alabado, que me dio vida para salir de muerte tan mortal”

(Santa Teresa de Jesús).