Lucas 11,15-26.

En la enseñanza del “Padre Nuestro”, la segunda invocación que Jesús le pide a los discípulos que pronuncien es “Venga tu Reino” (11,3).

El “Reino” viene en la persona de Jesús y el mayor de todos sus dones es el Espíritu Santo (11,13).

Pues bien, el pasaje de hoy da un paso adelante en este tema mostrándonos que gracias a la venida del Reino un discípulo de Jesús vive bajo el Señorío de Dios, descartando completamente cualquier dominación de Satanás.

La vida en el Reino de Dios supone victoria sobre las fuerzas del Mal.

De ahí la frase central: “Si por el dedo de Dios expulso yo los demonios,
es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios” (11, 20).

Por experiencia personal, los discípulos, quienes ya han estado en misión saben que cuentan con un respaldo que les permite vencer el mal. “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (10,17), les dijo Jesús cuando ellos regresaban felices de su experiencia misionera.

Ahora, con los discípulos detrás de él, después de realizar un exorcismo, Jesús recibe un ataque que saca a relucir el por qué de su confrontación con Satanás.

Los adversarios afirman que Jesús: “Por (el poder del) príncipe de los demonios, expulsa los demonios” (11,15).

Él les responde que dicha afirmación no es coherente, porque si así fuera, entonces deberían decir lo mismo de los exorcismos que ellos mismos acostumbraban realizar (11,19).

Puesto que los exorcismos no necesariamente eran prueba de un poder divino, en aquella época acostumbraban pedir “una señal del cielo” (11,16).

Jesús aclara que sus exorcismos son precisamente una señal del cielo porque se trata del “dedo de Dios” realizando esta obra (11,20).

Valga esta anotación: la expresión «dedo de Dios” es una designación bíblica del poder de Dios, como figura en Ex 8,15; 3,18; Dt 9,10 y también en la literatura antigua.

Pues bien, valiéndose de esta imagen, Jesús le dice a sus críticos que mientras Él expulsa los demonios como una manifestación auténtica del obrar de Dios, ellos no hacen más que realizar actos mágicos que, a la hora de la verdad no tienen eficacia a fondo sobre el mal (ver el contexto de la primitiva Iglesia, por ejemplo en Hch 9,13-17).

En el texto se distingue entre el “Príncipe de los demonios” y los “demonios” (11,15 y 19).

La idea es que Satán (aquí con el título de “Beelzebul”) es el jefe de cuadrillas de demonios.

Sobre esto, Jesús enseña que las victorias sobre los “demonios” que se realizan a lo largo de su ministerio, son un anticipo de la victoria final sobre Satán que se realizará en la Cruz (4,13 y 22,3).

Desde esta perspectiva, el ministerio de Jesús y también nuestra vida como discípulos de Él, se presenta como un campo de batalla (11,2-22) en el que tendremos que definirnos: ¿De qué lado estamos? (11,23).

Finalmente, Jesús dirige su mirada hacia todo aquél que ya ha comenzado una vida nueva: hay estar siempre vigilante.

No hay que confiarse porque puede haber recaídas y éstas –la experiencia lo demuestra– suelen dejar a la persona en una situación peor que la inicialmente superada (11,24-26).

No hay que darle chance al demonio con un retroceso.

Para impedirlo, una persona liberada debe mantenerse en la raya, en el campo de Jesús, construyendo la fidelidad en la renovación continua de la fe y en el aprendizaje del Evangelio.

Este es el verdadero “estar y recoger conmigo” (11,23).