¿Quién de ustedes? – Lectio Divina-

‘’¿A quién de ustedes se la cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?’

El lunes pasado leíamos la historia de la curación de una mujer, hoy la de un hombre.

El ‘mal’ que sufría la mujer era un defecto físico permanente, el ‘mal’ que sufre el hombre de este pasaje es una de las más terribles enfermedades conocidas en el mundo antiguo: la ‘hidropesía’ (o Edema).

Ambas curaciones fueron en sábado y en medio del acecho de los adversarios de Jesús.

Pero ambos son curados y en el paso liberador de Jesús por sus vidas aprendemos nuevas lecciones sobre la misericordia.

  1. La enfermedad (13,2)

‘Había allí, delante de él, un hombre hidrópico’

Para un judío la hidropesía es un doble mal, peor que el de la lepra.

No es cutáneo sino una hinchazón del vientre u otras partes de cuerpo que va comprometiendo gradualmente a los otros órganos internos. Hoy lo conocemos como edema. Parece simple, pero es grave. Hasta que toca el corazón y causa la muerte repentina.

Es muy dolorosa, causa desespero y sobre todo, en un mundo en que la ciencia médica aún no conseguía descubrir las causas ni ofrecer los remedios, sumía al enfermo en una continua zozobra en la espera de la muerte.

Pero además, desde el punto de vista religioso, esta enfermedad estaba catalogada como la consecuencia de una maldición. Era el peor castigo que se le podía desear a un enemigo: ‘Se vistió de maldición como de un manto: ¡que penetre en su seno como agua!’ (Salmo 109,18ª).

Es también la enfermedad que se le atribuye a las pecadoras adúlteras, consecuencia de su pecado (ver Números 5,21-22; Proverbios 5,15-23).

El hidrópico, entonces, era una persona repudiada socialmente.

Existían algunos medios para atenuar el dolor del enfermo, pero éstas estaban catalogadas dentro de los trabajos prohibidos en un sábado. ¡Cómo sería el sábado para estos enfermos!

  1. La curación (13,3-4)

‘Entonces le tomó, le curó y le despidió’

La obra de Jesús frente al enfermo se realiza bajo la sombra de la sospecha: ‘Le estaban observando’ (v.1), se sobreentiende que era para ver si quebrantaba las normas sagradas del sábado, si su misericordia iba más allá de la ley de Dios.

El sábado hebreo celebra el ‘descanso de Dios’ (Génesis 2,2) y medita ampliamente sobre la plenitud que Dios le concedió a su creación. Todo lo que se hace en sábado debe ser a imagen de Dios.

Sobre este presupuesto Jesús confronta a sus adversarios: ‘Es lícito (=según el querer de Dios) curar en sábado o no?’ (v.3).

El silencio del auditorio manifiesta que no quieren comprometerse con una respuesta que puede venir en su contra (v.4ª).

Jesús realiza tres acciones:

(1) lo ‘tomó’, que indica que extendió la mano para ayudarlo;

(2) lo ‘curó’, obra creadoramente en él;

(3) lo ‘despidió’, que en realidad es ‘lo desató’ (=dar la libertad).

El hombre queda liberado por Jesús en todos los sentidos; el ‘desatar’ evoca la acción pascual de Dios con su pueblo, liberación que es precisamente el centro de la celebración del sábado, plenitud de la creación.

Jesús trata al final a este hombre, no como un minusválido, sino como un hombre adulto, un hombre autónomo y creativo, capaz de conducir su vida en sintonía con Dios y de asumir una responsabilidad misionera frente a los demás.

  1. El sentido de la curación (13,5-6)

‘¿A quién de ustedes se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca el momento?’

Jesús mismo se responde la pregunta que planteó. Su razonamiento es tan lógico que sus adversarios ‘no pudieron replicar a esto’ (13,6).

Jesús evoca dos imágenes fuertes de auxilio que no da espera:

(1) la de un padre desesperado por su hijo,

(2) la del dueño que corre por el buey que ara su terreno. En ambos casos Jesús se refiere a la situación dramática del ‘caer en un pozo’.

En la palabras de Jesús queda claro que uno sino corre para auxiliar a un animal que nos da el sustento, y así salva el bienestar económico de la familia, cuánto más lo haría por un hijo.

El padre no sólo le da la vida al hijo sino que la protege y le ayuda a desarrollarla.

De la misma manera es Dios, quien no sólo creó al hombre sino que vela por su vida.

La misericordia de Jesús es la prontitud de Dios que no soporta el sufrimiento de sus hijos y que viene a tenderle la mano para ‘sacarlo’ (=éxodo) de su situación. Pero la misericordia de Jesús debe ser compartida por aquellos que lo rodean, el Dios de la creación y de la pascua pide una comunidad que sepa vivir a fondo el ‘sábado’ creador y pascual.

En manos de aquella comunidad reunida en un banquete festivo había una gran tarea.

El silencio de los fariseos fue bien diciente.

Compartir
Entradas relacionadas
Deja un comentario

Tu dirección email no será publicada. Los campos requeridos están marcados *