Este hombre fue nombrado padrino en un bautismo. Nunca había asistido a esta ceremonia. Llegó indiferente, únicamente por cumplir un compromiso social.

El sacerdote empezó, con profunda emoción, a leer las palabras del ritual. El libro sagrado hablaba de una relación definitiva con Jesucristo, que brota del sacramento. De un aceptarlo a Él como salvador, de un sumergirse en el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús.

Mientras el sacerdote iba leyendo con vigor inusitado las oraciones rituales, el niño que iba a ser bautizado lloraba. El padrino lo miraba con una mirada profunda, y veía en ese niño todo un extraño destino, que le hacía recordar el curso variado de su propia existencia.

El padrino empezó a interesarse extrañamente por el contenido del rito y de las palabras sagradas. El sacerdote leyó un pasaje del evangelio de Juan, capítulo 3, acerca de Nicodemo.

Nicodemo había venido una noche a Jesús y le había preguntado: “Rabí, sabemos que has venido como maestro, de parte de Dios, pues nadie puede hacer los milagros que tú haces, si Dios no está en él”. Respondió Jesús y le dijo: “En verdad te digo, el que no nace de arriba no puede entrar en el reino de Dios”. Dijo Nicodemo: “¿Cómo puede un hombre nacer, siendo viejo?, ¿acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?”. Respondió Jesús: “En verdad te digo que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Es preciso nacer de arriba”.

Este padrino, que había venido a la iglesia distraído, sin ningún interés espiritual, estaba comprendiendo cosas. Estaba entendiendo que ser bautizado significa ser sumergido en Jesucristo, en su muerte y en su resurrección. Que esto comporta una entrega personal, un nuevo nacer, una nueva vida.

El padrino, sin saber por qué, estaba profundamente impresionado por el misterio de un hombre en el mundo, y por el misterio de un nuevo cristiano. Él había sido bautizado, pero todo su cristianismo consistía en haber sido inscrito en el libro parroquial. Personalmente, nunca había puesto atención al compromiso bautismal. Sentía que no había nacido de arriba ni del Espíritu, que no había sucedido en él el nuevo nacimiento enseñado por Jesús.

Veía muy bien que no había entrado en una relación personal con Jesucristo. Que jamás había pensado en consagrarse a Él. Le pareció que todo su cristianismo había consistido en una inscripción formalista en un libro parroquial.

Pensó íntimamente que él debía cambiar. Se preguntó, insistentemente, qué significaba el nuevo nacimiento de que habla el Señor; y juzgó, de paso, que debiera de hacerse un nuevo censo de cristianos. No afirmar, como se dice de ordinario, que en Colombia hay 30 millones de cristianos, porque así lo arrojan los datos de los libros parroquiales, sino que era necesario hacer una nueva inscripción, de los que en realidad han optado por Jesucristo y se han consagrado a Él. De los que están en íntima relación con Él, iluminados por el Espíritu. Pensó que, en estas condiciones, los cristianos de Colombia descenderían notablemente en número, pero serían los verdaderos.

El padrino, mientras el niño lloraba inconsciente de lo que estaba sucediendo en sí mismo, sintió que todo el rito bautismal lo acusaba personalmente. Que las lecturas bíblicas lo fustigaban.

Este padrino empezó, instintivamente, como inspirado por Dios, a arrepentirse de sus largos años de un cristianismo mediocre, que era un simple título falso, una simple denominación externa, que no comportaba nada en su existencia.

Y ahí mismo, al frente del altar, sintió que una oleada interior, religiosa, lo llevaba a entregarse totalmente a Jesucristo, a aceptarlo como salvador, a una entrega total, personal. El padrino estaba temblando, estaba sudando.

Quiso volver a leer el evangelio de Juan: “Es necesario nacer de nuevo. El que no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. Recordó que en su casa estaba el evangelio, empolvado y arrumado.

Después de la ceremonia salieron todos y se dirigieron a la casa del bautizado. Todos habían notado la palidez del padrino y el temblor extraño que tenía durante la ceremonia.

Cuando llegaron a la casa destaparon las botellas de champaña. El padrino se sentó en la sala, silencioso. Comprendió que todo aquello que iba a comenzar, la fiesta mundana, no concordaba exactamente con las enseñanzas de Jesucristo. Empezó el baile en honor del bautizado. El padrino no pudo resistir y se acercó al padre de familia y le dijo:

– Vas a creer que soy un místico, pero no estoy de acuerdo con este baile, en el día en que tu hijo ha sido realmente hijo de Dios.

Te digo que me parece absurdo todo esto. Me ha sucedido algo extraño en la ceremonia del bautismo de tu hijo. He comprendido la inmensidad de ser cristiano. Me parece ridículo que nos llamemos cristianos, solamente por una denominación parroquial; que nunca hayamos verificado el hecho de que debemos entregarnos personalmente a Jesucristo.

Me voy de la fiesta, porque estoy haciendo un papel extraño. Estoy dando una nota discorde, en medio de estos cristianos que no tienen la menor idea de lo que es ser bautizado, ni verifican la inmensidad que comporta el hecho de ser sumergido en la muerte y en la resurrección de Jesucristo.

Excúsame, que te estoy hablando un idioma que yo antes no conocía. Me sucedió esta experiencia con Jesucristo en la iglesia, cuando estaban bautizando a tu hijo. Es una cosa totalmente desconocida e inesperada para mí.

Ya sé que la costumbre tradicional es esto que tú estás haciendo: tomar licores después del bautizo. Pero yo estoy agonizando interiormente. Se me ha abierto el misterio de Jesucristo y de sus exigencias. Yo estoy haciendo un papel totalmente discorde aquí.