La familia judía se caracteriza por el espíritu de solidaridad y unión.

Esto se manifestaba ya en los tiempos bíblicos de múltiples maneras. Por ejemplo, si un hombre casado moría sin haber tenido descendencia, su familiar más cercano debía casarse con la viuda y el hijo que naciera se consideraba, para herencia y otros aspectos legales, como si fuera hijo del difunto. Si alguien era asesinado, al familiar más cercano le correspondía vengar esa muerte; si un campo se iba a vender, la primera opción de compra la tenía el pariente más cercano del vendedor; si alguien estaba preso o había sido esclavizado, al pariente más cercano le correspondía pagar la fianza por el prisionero, o dar el rescate para liberarlo.

A esa pariente más cercano que debía preocuparse por sus familiares lo llamaban “el Goel”, palabra hebrea que al español se traduce por “redentor”.

Cuando decimos que Dios es nuestro Redentor estamos afirmando que Él se comporta con nosotros como un pariente cercano, dispuesto a pagar nuestro rescate si estamos cautivos, a procurar que se nos haga justicia, impedir que nuestro nombre sea borrado de la tierra de los vivos.

Dios es quien redime a su pueblo. Liberó a Israel de Egipto, de Babilonia y de cualquier opresión. Él ha sido nuestro Goel; Él ha rescatado nuestra alma y nuestra vida.

El Nuevo Testamento nos habla frecuentemente de nuestra redención. Se dice en la carta a los Hebreos que Jesús nos consiguió la redención eterna (Heb. 9,12), que nos justificó por la redención que realizó (Rom. 3,24), que Él mismo se hizo redención por nosotros (1 Cor. 1,30), que por su sangre tenemos redención (Ef. 1,7). Por eso a Jesús lo llamamos “el Redentor”.

Él nos rescató no con oro ni con plata, sino con su sangre preciosa (1 Ped. 1,18- 19), Él nos compró (1Cor. 6,20), Él pagó la deuda, clavando el acta de nuestra esclavitud en el madero de la cruz. En Él tenemos la redención, el perdón de los pecados (Col. 1,14).

Jesús es quien impide que nuestro nombre desaparezca de la tierra de los vivientes. Nosotros somos el pueblo redimido por Él, por su entrega, por su muerte, por su amor (Jn. 19,25).