Lucas 11,37-41.

Jesús entra como huésped en la casa de un fariseo. Ya en otra ocasión, en 7,36-50, había hecho lo mismo. Lo hará una vez más en 14,1.

Cuando llega a esta casa, Jesús intencionalmente omite el lavatorio de las manos que prescribía la Ley para el momento de sentarse en una comida.

Esto sorprende al anfitrión: “quedó admirado viendo había que omitido las abluciones antes de comer” (11,38)

La mesa de comedor, que es el lugar de la comunión de los amigos, puede convertirse también en el lugar de las rupturas (como en la última cena, 22,14-38).

Este episodio en casa del fariseo terminará mal: “Cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente” (11,53).

Pero veamos antes por qué es que termina tan mal.

La observación suspicaz del anfitrión de da a Jesús el punto de partida para una enseñanza contra los fariseos y los escribas.

El fariseo se sorprende de que Jesús no respete los rituales de purificación en la mesa, a lo cual Jesús le responde con denuncia de la “pureza” camuflada, la falsa “justicia” que en realidad es hipocresía.

A estas personas bien formadas en las Santas Escrituras, son “letrados”, Jesús les demuestra cómo su ciencia obstaculiza su conocimiento de la voluntad de Dios.

Veamos las afirmaciones principales de Jesús:

  1. Con relación al ritual:
    “Ustedes… purifican por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña y maldad” (11,39)

Todo el ritual que los fariseos hacen para quedar puros puede limpiarlos externamente, pero no ha limpiado lo más importante: el corazón.

Ese corazón está lleno de “rapiña y maldad”, es decir, de codicia, de ambición, de egoísmo.

Se puede pensar también que lo que llena los platos durante ese banquete es el fruto de su rapiña.

  1. Con relación al sentido de la pureza:
    “El que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior?” (11,40)

El Dios creador hizo al hombre completo y la integridad del hombre depende de la coherencia entre lo interior y lo exterior.

No hay, entonces, ningún motivo para diferenciar lo exterior de lo interior, preocuparse por lo primero descuidando lo segundo.

Hay que comenzar con la limpieza interior.

  1. Con relación a cómo es que se purifica verdaderamente el corazón:
    “Den más bien en limosna lo que tienen, y así todas las cosas serán puras para ustedes” (11,41)

Cuando hay amor expresado en generosidad, en solidaridad, en compartir desinteresado, el corazón se purifica de su egoísmo, ambición y codicia.

Esta es la obra de Jesús, que toca profundamente la vida de todo discípulo, y que se había explicado ya en el Sermón de la Llanura (ver 6,27-38).

La generosidad del corazón, que lo lleva a uno a vivir –como el crucificado– en función de los demás, es el camino de la auténtica pureza interior, que es la que cuenta definitivamente.