¡Oh madre de los hombres y de los pueblos!.
Vos conocéis todos sus sufrimientos y sus esperanzas, vos sentís maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad que sacuden el mundo.
Nos encontramos hoy delante de voz, madre de Cristo, de vuestro inmaculado corazón.
Queremos unirnos a nuestro Redentor, en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su corazón divino, tiene el poder de alcanzar el perdón y conseguir la reparación.

¡Madre de la iglesia! ¡iluminad el pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad!. Ayúdanos a vencer en la amenaza del mal, que se arraiga fácilmente en los corazones de los hombres y que parece cerrar los caminos del futuro.
¡Del hambre y de la guerra, líbranos!.
¡De los pecados contra la vida de los hombres, líbranos!.
¡De la tentación de ofuscar los corazones humanos la propia verdad de Dios, líbranos!.
¡De la pérdida de la conciencia del bien y del mal, líbranos!.
!De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!.
Que se acerque para todos los tiempos de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad de la justicia y de la esperanza.
Toma bajo vuestra protección materna, toda la familia humana, que a vos confiamos.
¡Oh madre!, ayúdanos a vivir en la verdad, a la consagración a Cristo y la propia consagración del mundo, depositándola en vuestro inmaculado corazón.
¡Loada seas vos!, que estáis, enteramente unida a la consagración redentora de vuestro hijo.

Amén