Si de algo puedo estar seguro, si hay una certeza que llevo conmigo, es que no soy nada perfecto, que estoy lleno de defectos y que sin duda ellos me hacen ser yo, y no otra persona. Sin embargo, la lista de defectos que he ido escribiendo a lo largo de esta corta, pero aparentemente bien vivida vida, la quiero dejar para otro día, porque a lo que quiero apuntar aquí, es específicamente a la capacidad que tengo de embarrarla una y otra vez, que si bien es un defecto, creo, no deja de ser la manera más acertada y práctica de aprender.

Recuerdo la primera vez que monté bicicleta sin llantas de apoyo. Mi abuela y mi mamá me llevaron a un parque, con la bicicleta sin ‘rueditas’. Estaba muerto de miedo, ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo, sin embargo, pudo más mi interés por estar al nivel de mis amigos, que se la pasaban jugando todos en sus bicicletas, mientras que a mí me tocaba corretearlos a pie. Aprendía o aprendía.

Así pues, me fui a aquel parque y allí mientras mi mamá me sostenía por la espalda esperando el momento perfecto para soltarme y dejarme conducir aquella bici, que además era muy pequeña, yo me preparaba para tomar las riendas, para manejar bicicleta con solo dos llantas. Mi mamá me soltó, logre correr más o menos 12 metros, allí, después de unos segundos, me enfrenté con una decisión importante: bajar la velocidad, o seguir conduciendo, dejándome llevar por adrenalina que todo niño de 8 años siente cuando maneja bicicleta solo, por primera vez. Decidí dejarme llevar por mi instinto, decidí acelerar, y bueno, la historia no terminó muy bien, fui a dar a un muro, me estrellé, me raspé los brazos y además me quedó como recuerdo memorable una cicatriz en la pierna derecha, como para que no se me olvidara nunca que me había equivocado, que no había tomado una buena decisión.

Al principio, fue frustrante, no aceptaba que me había equivocado, incluso preferí echarle la culpa a aquel muro, que de verdad, lo juro, se atravesó en mi camino. Por supuesto, que lo importante no es que conozcas cómo aprendí a manejar bicicleta, sino que más bien quiero intentar decirte, que a veces son necesarias las equivocaciones para poder saber de lo que realmente somos capaces. Si no me hubiese equivocado en aquel primer día, seguro lo hubiese hecho en el segundo, o en el tercero, o en el cuarto, pero de una u otra forma, el error, la equivocación iba a llegar y sin duda me iba a ayudar a aprender algo nuevo, por ejemplo, que los muros de concreto no son traspasables, pero esa es otra discusión.

Nos afanamos tanto en buscar la perfección, que el más mínimo error en la vida nos hace frustrarnos. Como si estuviéramos obligados a no equivocarnos, como si eso fuera sinónimo de debilidad. Por supuesto, hay prototipos ideales-muy, pero muy superficiales-, hay ídolos a seguir, aquellos que siempre lo hacen todo bien, aquellos a los que aparentemente la vida nunca les ha hecho enfrentarse a un muro de concreto, aquellos que prefieren guardarse los errores para sus adentros, porque ¡qué oso! que los demás vean que se equivocaron. Y así, se va construyendo la imagen del cristiano ideal –o idealizado-, el que es perfecto como lo es el Padre, porque no necesita buscar serlo, porque sencillamente ya lo es. Porque la equivocación le da miedo, porque estrellarse a un muro para aprender no es para él un plan, porque reconocer que se equivoca es ‘cosa humanos’.

Yo por lo menos, no dudo en decir que cada día de mi vida me permito equivocarme. No soy experto en tomar buenas decisiones. Sin embargo, me esfuerzo por agarrar de todos mis errores algo nuevo para aprender, si no, no tiene ningún sentido golpearme una y otra vez, si no, no sería más que masoquismo psicológico. Si no me hubiese estrellado, hubiese tardado mucho tiempo en aprender a moderar la velocidad, en la bicicleta, pero también en esta vida, que a veces parece mejor conducirla a toda prisa, perdiendo de vista la importancia del proceso, dejando a un lado la única y fiel excusa para equivocarse una y otra vez: aprender, cada vez de manera más certera a ser feliz, día a día, paso a paso, equivocación tras equivocación.

Así que, con todo respeto, me permito decirle a aquellos que sobre mí se crean expectativas e imágenes de perfección, a aquellos que han hecho del cristianismo una cuna de superficiales e imperfectos creyéndose dioses y que creen que todos deberían alcanzar sus expectativas, que se equivocan -paradójico-, porque insisto, soy muy imperfecto. Discúlpenme por no alcanzar sus límites, por ser plenamente humano y por no tener miedo a caerme, comer tierra y levantarme un poco más sabio. Discúlpenme por no expresar aquí siquiera mi deseo de perfección, pero es que estoy muy lejos, porque he comprendido que aprender de los errores es mucho más valioso que obviarlos para intentar mostrar una imagen de mí que evidentemente no soy. Discúlpenme si me equivoco, pero equivocarme me ha hecho crecer, y eso, es a mi modo de ver una de las razones más valiosas que tengo para decir que me permito equivocarme, y que al tiempo, me permito aprender.