Con motivo de la fiesta de Mateo, abordamos el relato de su vocación.

Estamos ante una página espléndida que nos remite al primer encuentro, ese amor primero que hace de experiencia fundante de nuestra vocación.

Se dan tres pasos:

Uno, quién es Mateo. Además de examinar la cuestión del nombre, se contextualiza bien el mundo de los llamados «publicanos».

Dos, qué características tiene el encuentro con Jesús. ¿Cómo se dio el paso de publicano a apóstol?

Tres, la raíz está la misericordia ¿Cómo entender esta misericordia?

Para responder a esto último, Volvamos al comienzo: Jesús vio a Mateo.

El primer gesto de misericordia de Jesús con Mateo fue la manera como lo miró.

Mateo encontró en la mirada de Jesús toda la ternura que se había negado a sí mismo y que le habían negado los otros, todo el bien que no creía posible, todo el respeto de quien te ama de verdad, de quien va más allá de tus límites, de tus pecados, de tus decisiones equivocadas.

Y aquí está lo grande: Jesús ve en ti lo que más nadie ve, la persona que podrías ser.

Jesús le concede a Mateo la gracia de la ternura y esto es lo que lo estremece, lo que está a la raíz de ese gesto impulsivo que lo pone en pie y dar un paso en dirección de Jesús.

Es aquí donde debemos detenernos, aquí está la riqueza de este texto.

Uno

Aprendemos que el Señor Jesús es el don hecho por el Padre a una humanidad que lleva a flor de piel las marcas de su vulnerabilidad y de sus límites.

No siempre nos atrevemos a mirar de frente nuestras fragilidades ni las admitimos; nos da vergüenza. Por eso terminamos minimizándolas o maquillándolas.

Mateo se presenta como lo que es: como un pecador público.

Podemos imaginarnos su escozor cuando Jesús le dice: “Sígueme”. Él conoce su condición y no tiene miedo de abrirse tal como es ante que Aquel que conoce las enfermedades del hombre.

Es bella esta lección de Mateo: nos enseña a ponernos en contacto con la verdad de nosotros mismos sin ponernos máscaras.

Y la mirada del médico es sanadora. Es un amor que juzga, que no tiene prejuicios conmigo. Es una mirada que aproxima sin miedo. Es una mirada respetuosa, de estima y de confianza. Es la mirada de quien verdaderamente promueve al otro. No es sólo una mirada de diagnóstico, sino de terapia; ese es el verdadero médico.

Mateo no sólo es perdonado, sino además capacitado para convertirse para los otros en signo de la misericordia de Dios recibida.

Dos

Con Mateo aprendemos, además, que Dios te llama en cualquier lugar y en cualquier tiempo. No hay espacio de nuestra cotidianidad que por la que no pueda pasar Jesús y posar su mirada.

Aquel día que el Señor lo llamó, Mateo estaba haciendo algo vergonzoso, sucio, indigno para la ley de Dios y para una sociedad herida por una ocupación militar.

El Señor sigue pasando por nuestras vidas. Nos puede encontrar en oración o distraídos o incluso pecando.

Pero una cosa es cierta: “Misericordia quiero, no sacrificio”.

La esencia de la vida en el Señor no está en las devociones, sino en el recibir la misericordia del Señor, dejarnos “misericordiar” (diría el Papa Francisco), y luego ser también nosotros misericordiosos con los demás, tratar con misericordia a los otros, sobre todos a los que han “metido las patas”, ese es el primer acto de culto.

Y es así como nos hacemos dignos de la llamada recibida.

Tres

¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué nos llamó el Señor?

El Señor no nos llamó porque tuviéramos determinadas cualidades o dotes personales. Nuestra vocación se basa en un acto de confianza, en el hecho de que el Señor no vino a llamar a los justos sino a los pecadores, no a los sanos sino a los enfermos.

La vocación no es un reclutamiento ni una fina selección de personal, como harían hoy los sicólogos en las oficinas de talento humano de las empresas.

Lo que nos dice el evangelio de la vocación de Mateo es esto: que precisamente donde nuestro límite es más evidente, es allí donde en realidad el Señor se hace presente de forma más clara y contundente.

Por eso no temas dejar resonar en tu corazón la llamada del Señor: “Sígueme”.