El león y la gatita golosa

Érase una vez un león que andaba muy pensativo y triste, porque decía que a pesar de saberse el rey de la selva su vida era sólo un martirio, porque únicamente vivía para cazar a quien podía para satisfacer su gran panza que muy difícilmente se llenaba. Un buen día, apareció muy sonriente por el camino una gatita mimosa. Al león le llamó la atención ver a la gatita que caminaba sin ningún temor en un bosque de fieras. Y se dijo:

— Que gatita tan despreocupada, ¿acaso no sabe que yo, de un zarpazo puedo matarla para comérmela?

Y mientras hablaba consigo mismo, de pronto vio que la gatita se acercaba a él con mucha educación y dominio propio. Y le empezó a decir:

— Cómo estás, león, porque te veo con el rostro fruncido y yo quisiera verte feliz.

El león, al ver a la gatita tan valiente y sonriente, eso le produjo curiosidad, y tanto fue que ni siquiera pensó en comérsela ya que venía con una gran hambre, pero más pudo la tranquilidad y la ternura con que la gatita se dirigió a él. Y después de observarla un buen rato, le dijo:

— ¿Tú acaso sabes si yo acostumbro hablarle a cualquiera que se me cruza por el camino? Qué presunción la tuya de estar acá a mi costado, hablándome como si yo fuera de tu estirpe y todavía me dices que me quieres ver feliz. ¿Acaso pretendes también conocerme?

— Aunque no creas, yo te conozco y sé también de qué pie cojeas. Mira, ahora mismo sé que estás hambriento y si no me agarras de un zarpazo y me comes, es porque te has sentido bien conmigo y tu corazón late más lento por lo que a mi lado te sientes con paz y sosiego. ¿O te atreves a desmentirme?

El león, conociendo que la gatita tenía razón, tratando de ocultar su bienestar por lo que era tan orgulloso y soberbio, le dijo:

— Qué te crees, gata zonza, ¿quién eres tú para que despiertes en mí tanta maravilla? Porque en toda mi vida lo que más he buscado es la paz de mi alma y no la encuentro hasta ahora. Y tú pretendes, acaso, dármela para que sea feliz, si ni siquiera he podido alcanzarla, yo que soy el rey de la selva, que nadie me puede tocar ni hacerme daño porque conocen la fuerza que llevo en mis garras, y todavía me temen. Cuando salgo de paseo, si tengo hambre voy a cazar y me alimento con la mejor presa, todo lo que deseo lo obtengo en el momento que se me plazca, sólo que con esto no alcanzó a tener paz.

La gatita, le respondió:

— Pero cómo vas a alcanzar lo que se gana con méritos que vienen del cielo, si yo veo que eres un león egoísta que se preocupa sólo de su panza, sin importarte a quién matas por ella. ¿Y sabes? No creo que en tu corazón albergues ningún remordimiento por lo que haces, ya que para ti esta clase de vida es la más natural y la mejor, aunque no satisfaga a tu alma. ¿O acaso me equivoco?

— ¿Qué remordimiento puedo tener yo? ¿Por qué me hablas tantas boberías?, –le dijo el león–, si todos en la selva sabemos que ésta es la única vida. Y como nos sentimos los más fuertes y poderosos, podemos hacer que todos se rindan a nuestros pies, porque esto nos infla de orgullo, y por último, si queremos abusar del débil, lo hacemos también sin que nada nos importe, y muchas veces no les queda otra opción que bajar la cabeza, demostrando respeto y veneración aunque no quieran.

— Sí, lo sé –le dijo la gatita–, y todo sucede porque en tu mundo de fieras no existe la compasión porque se vive sin amor, por eso tampoco hay justicia que es lo que más necesita el mundo si queremos vivir de acuerdo a la ley de Dios, pero lastimosamente a muy pocos esto les interesa.

— Sí, y yo soy uno de ellos –dijo el león–, porque también nadie fue justo conmigo.

— Pero tú no devuelvas mal por mal, ¿por qué no haces lo contrario a ver si te va mejor? –le dijo la gatita.

— Imposible que yo haga esto porque en mi alma siento resentimientos, y quien sabe, hasta me mueva la venganza contra aquellos que me hicieron daño.

— ¿Pero no has pensado –le dijo la gatita–, que si perdonas de corazón esto mismo podría sanar tus heridas?

— ¿Perdonar? Jamás lo haré –le respondió el león–, y por favor, ya no sigas insistiéndome porque siento más bien que me estoy llenando de odio.

— Qué lástima me das –le dijo la gatita–, como se ve que no sabes nada de los misterios que encierra el paraíso, y te aseguro que ni cuenta te das que estás pisando ya muy hondo el infierno. Y como ahora, quien sabe lo veas revestido de perlas preciosas, por lo que te sientes tan poderoso no le tomas importancia al fuego.

— ¿De qué cosas me hablas?, –le dijo el león–, porque yo ya estoy bastante viejo y jamás a mi alrededor he visto ningún fuego.

— Pero no es el fuego que puede encender y quemar todo lo que está a tu alcance, –le contestó la gatita–, sino es el fuego que se enciende en el alma cuando nos distraen cosas que no las acepta Dios. Por lo tanto, éste va destruyendo todo lo que hay de bueno y en esta situación no creo que puedas entender lo que significa el paraíso, ya que para esto debiste pensar primero en alimentar muy bien tu alma en vez de tu panza. Por lo tanto, la vida que ahora llevas como condena por tus malas acciones no es la que Dios escogió para ti. Pero yo estoy tratando de llevarte a lo que es eterno, y por esta causa me estoy convirtiendo en la razón de tu bienestar y de tu felicidad.

— Y vuelves a caer en la presunción –le dijo el león–, porque ante mis ojos tú no eres más que una sombra, aunque ahora tengo que reconocer que ya me está gustando tu compañía.

— Más te vale –le respondió la gatita mimosa–, y óyeme de una vez por todas, impertinente ingenuo, para terminar de mostrarte que tu destino está ligado al mío, o acaso no sabes que somos de una misma esencia la que nos hace a imagen de Dios cuando somos buenos, pero tristemente tú has deformado tu imagen por tu mala conducta, pero si te propones cambiar verás que volverás a ser como Dios te creó.

El león, al escuchar ya las palabras tan sabias que salían de los labios de la pequeña gatita, a la cual miraba muy por debajo de su hombro por lo que tontamente ante sus ojos no era más que un ser débil y pequeño, le dijo:

— ¿Será, entonces, que yo vivo entre dos fuerzas, el bien y el mal?

La gatita, a la que sólo la enaltecía el amor con que se dirigía al león, le dijo:

— Así es, y en ti veo que te mueve una fuerza maligna que te hace aparentemente fuerte pero también sé que llevas escondido dentro de ti un leoncillo muy pequeñito y débil, el cual sufre y llora mucho porque no puede ser lo que realmente quisiera, ya que no sabe cómo quitarse el orgullo y otras cosas más que han inflado torpemente su corazón. ¿Y sabes? Quisiera decirte, igualmente, que en ti también veo belleza sólo que tú no la conoces ya que vive muy adentro de tu alma, y esta belleza no es otra cosa que la fuerza del amor, la que hace que todas las cosas se vuelvan bellas, y tú sólo tienes que reconocerla para que fluya y tu vida se vuelva hermosa. Así terminará por abrazarte tu espíritu maduro. El león, tras escucharla ya con mucha atención, le dijo:

— Realmente, con lo que me acabas de decir has desnudado mi alma, y es cierto que muchas veces quise sentirme diferente, ya que lo que más llevo presente es el agobio que me asfixia cada día, y trato de llenar mi soledad con cosas que me satisfacen momentáneamente. Pero dime, ¿por qué tú sabes tanto? ¿Quién te ha enseñado a reflexionar así ya que desconozco este lenguaje?

La gatita, le respondió:

— Lo único que te puedo decir es que busqué al bien, y él mismo me fue contestando en la medida que me producía paz y bienestar a mi alma, esto me hizo sentir muy feliz y hallé una gran verdad, que nadie puede llegar a encontrar la razón de su vida si no logra entender lo que significa el servicio, que viene como consecuencia del verdadero amor que comienza ya a latir en nuestro corazón. Y como verás, ahora te estoy dando mi compañía sin que por ello busqué yo algún beneficio, y esto es ya un servicio.

El león, después que escuchó atentamente, le dijo a la gatita:

— Siento que tus palabras me están llevando a la cordura, por lo que me estoy dando cuenta que de alguna manera yo he vivido fuera de juicio. Ojalá, existan muchos seres que piensen como lo haces tú, porque de lo contrario también muchos dejarían de temer lo que ahora entiendo por infierno. Y yo por mi parte, estoy dispuesto a sacrificar mi panza porque te querré ya de por vida como amiga.

— Y así será –le respondió la gatita mimosa.

Y se juntaron en un tierno y amoroso abrazo.

Fin

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