La vida del cristiano tiende a una progresiva transformación en Cristo. Esa es la meta, el ideal del cristianismo. Todo bautizado, inmerso en el agua viva que es el Espíritu Santo, debe un día poder exclamar, como lo hizo san Pablo: “Mi vivir es Cristo”, o también: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

La vida en el Espíritu es precisamente pensar y amar, trabajar y descansar, gozar y sufrir, vivir y morir, según inspira el Espíritu de Cristo. Sólo ese Espíritu Divino nos transforma de manera que nuestros sentimientos sean los de Jesús y que, como Él lo realizó, nosotros amemos, perdonemos, acojamos a los demás, les sirvamos y oremos. En la vida y en la muerte somos del Señor, y estamos invitados a ser como Él.

¿Cómo es Jesús? El evangelio nos traza su retrato moral y espiritual a lo largo de sus páginas. Uno de los más bellos autorretratos del Señor se encuentra en el capítulo quinto del primer evangelio. Esa página la solemos identificar con el nombre de “Sermón del Monte”, porque san Mateo afirma que Jesús dio esa enseñanza suya en un monte de Galilea, cerca del lago de Tiberíades.

San Mateo dedica tres capítulos a detallar el Sermón del Monte, pero ahora sólo acentuamos algunas frases. Son las Bienaventuranzas, un bello párrafo que frecuentemente deberíamos leer, meditar, orar y vivir.

Las Bienaventuranzas son un mensaje de alegría y de optimismo dirigido a los pobres, a los afligidos, a los perseguidos o a los discípulos que querían comprometerse a seguir a ese Maestro que hablaba con autoridad y que prometía una felicidad absoluta a través de un ambiente de sufrimiento y tristeza.

En esos diez versículos del evangelio se revela Jesús, el que por nosotros se hizo pobre, que se presentó como alguien manso y misericordioso, que vivía con hambre y ansiedad espiritual, que regalaba la paz de modo diferente de la manera mundana, que sufrió y murió por su fidelidad a la Verdad.

El Papa Juan Pablo II afirmó que Jesús era el protagonista de las Bienaventuranzas. Él no sólo las enseñó o las enunció, sino que las realizó en carne propia, durante la vida. Los rasgos espirituales de Jesús quedan plasmados en esas ocho frases de alegría, de compromiso, de valor y de esperanza en Dios. De cada una de ellas, Cristo es el modelo y el testigo.

Esas frases del evangelio trazan también los rasgos fundamentales del cristiano auténtico, del que quiere ser como Jesús. Las bienaventuranzas son un poema expresado en ocho mandatos, son el Código de la Nueva Alianza, la Carta Constitucional de la Iglesia, la Declaración de Principios de los Seguidores del Camino. Las Bienaventuranzas expresan el punto culminante y definitivo de la vida cristiana, el programa que se le plantea a los discípulos del Señor. Ellos están invitados a copiar el ejemplo vivo que es la vida de Cristo, el Testigo fiel.

Las Bienaventuranzas son un mensaje de alegría. En ellas se respira un aroma de gozo. Optar por Cristo y enrutarse por la senda estrecha llevando la cruz de cada día no es una invitación para frustrados, sino un compromiso para audaces.