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Invoquemos la presencia de la Santísima Trinidad en este momento de oración:

EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO, Y DEL ESPÍRITU SANTO. AMÉN.

Pedir la presencia del Espíritu Santo, ya sea, invitando a un momento de silencio, de alabanza o a través de la siguiente oración al Espíritu Santo, compuesta por san Juan Eudes:

Señor Jesús, el poder del Espíritu Santo nos penetre totalmente, para que no obremos según nuestro querer, sino por su acción constante y poderosa. Amén. (O.C. III, 273]

HIMNO AL ESPÍRITU SANTO.

Ven, Espíritu Divino manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.

Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

MEDITACIÓN


[O.C. I, 114 – O.C. VIII, 334

El único objeto de las miradas, del amor y de las complacencias del Padre eterno, es su Hijo Jesús. Porque como el Padre ha querido, al decir de su apóstol, que su Hijo fuera todo en todas las cosas (Ef 1, 23; Col 3, 11), y que todas las cosas tuvieran consistencia en él y por él (Col 3, 17), así también mira y ama todas las cosas en él. Por consiguiente lo ha hecho todo para él (Hb 2, 10). Y como ha puesto en él todos los tesoros de su ciencia y de su sabiduría (Col 2, 3), de su bondad, de su belleza, de su gloria, de su felicidad y de todas las demás perfecciones, el Padre mismo nos anuncia, en diversas ocasiones, que ha puesto toda su complacencia y sus delicias en ese Hijo único y amadísimo (Mt 3, 17; Lc 3, 35). Esto no excluye, claro está, al Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús y una sola cosa con él.

Por tanto, considera que el Espíritu Santo también vive y reina de una manera inefable en el Corazón de Jesús: en él guarda los tesoros infinitos de la ciencia y de la sabiduría de Dios; y lo colma en grado sumo de todos sus dones.

Se puede concluir diciendo tres veces:

¡Espíritu Santo, ilumínanos y santifícanos!]

INVOCACIONES AL ESPÍRITU SANTO.

[Oremos con san Juan Eudes, 102-103]

Invoquemos ahora las maravillas que el Espíritu Santo ha obrado desde siempre y respondemos a cada jaculatoria:

¡Ilumínanos, Espíritu Santo!

Vínculo de unión entre el Padre y el Hijo… Espíritu de sabiduría e inteligencia… Espíritu de consejo y fortaleza… Espíritu de ciencia, de piedad y de temor de Dios… Tú que en la creación aleteabas sobre las aguas… Tú que inspiraste a los escritores sagrados… Tú que hablaste por los profetas… Tú que formaste a Jesús en el seno de María Virgen… Tú que llevaste a Jesús al desierto para ser tentado… Tú que en el bautismo descendiste sobre Jesús… Tú que enviaste a Jesús a anunciar el evangelio a los pobres… Tú que lo fortaleciste en su oración en el huerto… Tú que por voluntad del Padre lo llevaste a la muerte… Tú que lo resucitaste de entre los muertos… Tú que engendraste la Iglesia en la Pascua…

Tú que la hiciste nacer en Pentecostés… Tú que bajaste sobre María y los apóstoles… Tú que eres el alma de la Iglesia… Tú, el primer evangelizador… Tú que nos recuerdas la enseñanza de Jesús… Tú que haces presente a Jesús en los sacramentos… Tú que en el bautismo nos haces criaturas nuevas… Tú que en la confirmación nos haces testigos de Jesús… Tú que en la Eucaristía haces del pan y el vino el Cuerpo y la Sangre del Señor… Tú que oras en los cristianos… Espíritu de bondad y mansedumbre… Espíritu de gozo y fidelidad… Espíritu de paciencia y caridad… Espíritu de continencia y castidad… Espíritu de modestia y longanimidad… Espíritu de benignidad y de paz… Tú que haces santos a los santos…

OREMOS
Jesús, por el poder de tu Espíritu, poséenos y guíanos, para que crezca en nosotros y en el mundo entero, la eficacia salvadora de tu reino. Amén.

BENDICIÓN FINAL.

Queremos, Señor Jesús, que vivas y reines entre nosotros. Y nos bendiga con su Hijo, la Santísima Virgen María. Amén.

También se puede utilizar la siguiente fórmula:

Padre de Jesús, Espíritu Santo de Jesús, Madre de Jesús, Ángeles y Santos de Jesús, amen a Jesús en mi lugar: en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. [O.C. I, 396]