Jesús forma la comunidad (VI):
Una increíble fidelidad
Juan 16, 29-33
“¡Ánimo! Yo he vencido al mundo”

Con el epílogo del discurso de despedida de Jesús a sus discípulos, llegamos a la quinta y última lección de Jesús sobre la formación de la comunidad pascual.

  1. Jesús sintetiza su obra

Jesús hace la síntesis de su obra en el mundo a partir de la descripción del doble movimiento de “venida” y “regreso” al Padre: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (16,28). En una sola mirada Jesús abraza su camino entero. Es a partir de este horizonte que hay que entenderlo todo.

Jesús se va porque su patria es el Padre. Su estadía en el mundo es pasajera y su amistad con los discípulos es apenas el comienza de una relación que se prolongará más allá de la muerte. El sentido de su venida al mundo es el Padre: dar a conocer su rostro amoroso, abriéndole a todo el mundo el camino de acceso a este amor transformador que sacia el corazón.

Jesús regresa al Padre, pero no regresa solo. Todos los que lo aman y creen en Él serán acogidos por el Padre en su casa.

2. Jesús advierte sobre la débil fidelidad de los discípulos

Pero justo en el momento en que los discípulos hacen su confesión de fe, “creemos que has salido del Dios” (16,30), se dispara la alarma. Los discípulos aparecen muy seguros de sí mismos en este momento, pero dentro de poco abandonarán al Maestro. Jesús lo advierte: “Mirad que llega la hora (y ya llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo” (16,32a).

A pesar de su seguridad externa en este momento en que se sienten animados por las enseñanzas de Jesús, Jesús deja en claro que la fidelidad y la firmeza interior de ellos todavía no es completa. Los discípulos no se deben confiar en sus emociones. Falta todavía algo. Sólo cuando Jesús emprenda el camino de la Cruz, en el cual ellos no lo seguirán, entenderán el por qué.

De hecho Jesús recorre el camino de la Cruz sin sus discípulos, pero esto no quiere decir que vaya solo, con Él irá el Padre: “No estoy solo, porque el Padre está conmigo” (16,32b). Aun en la Pasión el Padre mostrará su inagotable fidelidad. Jesús tiene confianza en esto. El apoyo vendrá del Padre y no de los discípulos en la hora crucial.

3. Jesús promete su fidelidad

Los discípulos dicen que aman a Jesús pero lo abandonan. En cambio la actitud de Jesús hacia los discípulos es completamente distinta. A ellos también los esperan tiempos difíciles, el camino hacia el Padre tendrá muchos escollos: “en el mundo tendréis tribulación” (16,33b). Pero Jesús no los abandonará.

Jesús no se limitará a estar al lado sino que estará ahí salvando, haciendo presente su victoria pascual. Todo lo que hace de este mundo un “valle de lágrimas” ha sido superado victoriosamente por Jesús: el odio de la gente, las persecuciones, el dolor, la debilidad y la muerte. Todo. Jesús hace sentir desde entonces su voz poderosa de Señor resucitado que dice: “¡Ánimo! Yo he vencido al mundo” (16,33c).

No se dice que los discípulos serán preservados de las tribulaciones, sino que si ponen la mirada en el Cristo Pascual, la victoria está asegurada. En la opresión los discípulos tendrán paz y en la dificultad confianza: “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí” (16,33ª).

La mirada no se puede apartar el Cristo Pascual. Por eso habrá que seguir adelante en el evangelio: contemplando con el discípulo amado el camino de la Pasión gloriosa de Jesús y haciendo con la comunidad el camino de la fe Pascual en el día de la resurrección. El discurso acaba aquí, pero no el camino.

Cultivemos la semilla de la palabra en lo profundo del corazón

  1. ¿Cuál es el sentido de la “venida” al mundo y del “regreso” de Jesús al Padre? ¿Qué implica para nosotros?
  2. ¿Qué le dice Jesús a sus discípulos en el momento que comienzan a cantar victoria antes de tiempo, por el hecho de haber entendido las revelaciones de Jesús?
  3. ¿Con qué actitud hay que seguir el camino del discipulado a lo largo de toda la vida?

Oremos con Synesius de Cirene (autor del siglo IV):

Yo le canto, en el mismo trono, al Espíritu,
quien está entre aquél que es el principio
y el que es el engendrado.
Celebrando el poder del Padre
mis cantos despiertan en mí
sentimientos muy profundos:
¡Salve, oh fuente del Hijo!
¡Salve, oh Imagen del Padre!
¡Salve, oh morada del Hijo!
¡Salve, oh impronta del Padre!
¡Salve, oh poder del Hijo!
¡Salve, oh belleza del Padre!
¡Salve, oh Espíritu purísimo!
¡Vínculo entre el Hijo y el Padre!
¡Oh, Cristo! Haz que descienda sobre mí
este Espíritu con el Padre.
Que Él sea para mi alma un rocío
que me colme de tus dones reales
Amén