Un corazón que se abre al misterio del Hijo

Marcos 12, 35-37

“¿Cómo es que dicen los escribas que el Cristo es el hijo de David?”

“Dios es el único Señor” (12,29), pero ¿Quién es Jesús?

Esta vez Jesús no responde una pregunta sino que toma la palabra por iniciativa propia (12,35ª). Después de todas las preguntas que otras personas le ponen, ahora es Jesús quien pone el tema y espera que sean sus oyentes los que reflexionen y le den la respuesta adecuada.

El tema es importante. Los escribas acostumbraban discutir cuál podría ser el origen del Mesías: si venía de esta ciudad o de aquella otra, si provenía de tal o cual familia. Jesús pone en cuestión la opinión generalizada de que el Mesías “es hijo de David” (12,25b): proviene de David y pertenece a su descendencia.

Para suscitar la reflexión, Jesús cita el Salmo 110,1. Afirma que David llama al Mesías “Señor suyo” y sobre esta premisa plantea la cuestión: “¿Cómo entonces puede (el Mesías) ser hijo de David?” (12,37).

Esta pregunta de Jesús tiene como punto de partida tres presupuestos:

(1) Que el Salmo citado proviene de David, por lo tanto la palabra de David es tomada como palabra de Dios.

(2) Que la persona a la cual David se refiere como “Señor suyo” y a la cual le habla Dios es el Mesías.

(3) Que un papá no puede llamar a su hijo “Señor”, simplemente porque el papá es superior.

A primera vista pareciera que Jesús está presionando una cuestión meramente teórica. Incluso daría la impresión de que Jesús no estuviera hablando de sí mismo, por la forma impersonal de su discurso. Pero si recordamos que el comienzo de esta sección del evangelio (el ministerio de Jesús en Jerusalén: Marcos 11-13) comenzó precisamente con la entrada triunfal en la ciudad santa, en la cual mostró que venía como Mesías (“¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David!”, 11,8-9) entonces captaremos la trascendencia del tema y por qué Jesús lo saca a colación en este momento.

La pregunta de Jesús intenta corregir un equívoco conceptual en la mente de sus oyentes: Jesús pide que se clarifique cuál es la verdadera identidad del Mesías, simplemente porque éste no puede ser un hijo de David.

¿De dónde proviene entonces Jesús?

La respuesta la ha dado el evangelio desde la primera línea: “El Cristo, el Hijo de Dios” (1,1). Igualmente en la manifestación del Bautismo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (1,11); y de la transfiguración: “Este es mi Hijo amado, escuchadle” (9,7). Todavía en la parábola de los viñadores homicidas se habla de dónde proviene: “A mi
hijo le respetarán”
(12,6). Finalmente, a la hora sublime de la muerte de Jesús, el tema vuelve al primer plano: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15,39).

Jesús es ante todo “Hijo de Dios” amado, predilecto, querido por Dios Padre. Es de Dios mismo que proviene su misión y su autoridad (11,28: “¿Con qué autoridad haces esto?”). Es verdad que los escribas admiten que el Mesías en última instancia proviene de Dios; pero en el caso de Jesús, así sea un descendiente de David (ver Mateo 1,1-17; Lucas 1,32-33; Romanos 1,3), su filiación divina no se da por el hecho de descender de David.

En consecuencia Jesús es “del linaje de David según la carne” (Romanos 1,3), pero es ante todo “Hijo de Dios”. De ahí que haya que…

(1) Colocar la relación estrecha que Jesús tiene con Dios Padre en el centro de la comprensión y de la relación con Él.

(2) Reconocer y someterse a su amable autoridad, y por lo tanto, asumir las implicaciones de la Palabra que Jesús nos dirige como portavoz autorizado de Dios, porque su enseñanza proviene del mismo Dios; Jesús no es un profeta cualquiera.

La pregunta no aparece por casualidad casi al final de la vida pública de Jesús. La vivencia profunda y eficaz de todos los grandes momentos del ministerio de Jesús depende de la respuesta: ¿de dónde proviene la persona y la misión de Jesús?

Insistimos: es un tema importante. El reconocimiento de Jesús como verdadero y predilecto Hijo de Dios coloca la vida del discípulo también en un plano superior: la misión de Jesús, su anuncio del Reino, lo llevará a hacer la experiencia de la Paternidad de Dios, a gozar de sus bendiciones, y también a recorrer con confianza y obediencia el camino que conduce a Él.

Entonces lo amaremos –con mayor razón- con todas nuestras fuerzas y nuestra vida comenzará a tener el sabor del Evangelio cuyo mayor encanto es el rostro del Hijo.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Qué quiere decir que Jesús es “el Cristo”, “el Hijo de Dios”? ¿Qué implicaciones tiene esta afirmación para mi vida?

2. ¿Cómo constato, en mi camino de seguimiento de Jesús, que su Palabra ha orientado mi vida y ha generado en mi existencia procesos de cercanía e identificación con Él?

3. ¿Las personas con las cuales convivo, qué rasgos descubren en mi vida que saben a evangelio?

“Oh Jesús, Rey legítimo y soberano de todos los corazones, se tú el Rey de mi corazón y que yo sea todo corazón y amor por ti como tú eres todo corazón y amor por mi” (San Juan Eudes, “Llamas de amor”)

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