El doctor Jekyll era un hombre de buen corazón, noble y muy inteligente el cual decide un día inventar una pócima para separar su lado bueno, de su lado malo, una vez separados destruiría el lado malo y así garantizaría ser siempre el buen doctor. Pero algo salió muy mal y cuando el doctor Jekyll se tomaba la pócima, se quedaba dormido y al despertar se convertía en el señor Hyde, un horrible monstruo que aterrorizaba la ciudad de Londres.

Lo anterior no es más que la pequeña síntesis de una novela inglesa de la época victoriana que narra la supuesta dualidad humana y la eterna lucha entre el bien y el mal, sobre esta novela hay muchas referencias en el mundo actual, como en el cine y la cultura popular, “el increíble Hulk” (por ejemplo) de “Los Vengadores”, es la historia del buen doctor Banner, quien intentando replicar el suero del súper soldado del Capitán América, termina convirtiéndose en un horrible monstruo verde el cual destruye todo a su paso.

Pareciera entonces que los seres humanos vivimos muy preocupados por esa lucha entre el bien y el mal y sobre cómo nos encasillamos a nosotros mismos y a los demás en lo que para nuestros criterios y los del mundo significa ser bueno y ser malo. Un sábado de estos escuché (de una mujer muy lista y espiritual) una nueva y muy interesante perspectiva sobre todo esto: “que no somos buenos, ni malos, simplemente: ¡somos!”.

Resulta que “comenzamos como algo puro, algo emocionante, y luego vienen los errores, los compromisos y terminamos creando nuestros propios demonios”. La parte buena en nosotros, combate con ellos intentando equilibrar las cosas y en medio de esa batalla nos vamos destruyendo. En la historia de Robert Louis Stevenson el doctor Jekyll decide eliminar al señor Hyde, para que no cause más daño, pero al hacerlo termina suicidándose ya que finalmente son la misma persona.

Justamente dicho sábado recordé a un gran amigo quien me decía: “¿Qué pasaría si yo pudiera eliminar un defecto de mi esposa, sabiendo que al hacerlo eliminaría también una de sus cualidades?”, ¡y ese es el punto! En nosotros siempre existirá bondad y maldad, entonces son nuestras decisiones en momentos de verdad lo que realmente nos define. Pero esto queda muy abierto como a: “¿entonces puedo hacer lo que yo quiera?”, ¡justamente el drama de la libertad es ese! Si me atreviera a ser osado en la respuesta diría que: “quien ama de verdad no se equivoca en decidir…”

…pero: ¿y cómo se hace para amar de verdad? Bueno: ¡eso es algo que cada uno tendrá que ir descubriendo por el camino! 😉😎