¿Qué palabras podría yo decirles a ustedes acerca de Cristo, que los conmoviera profundamente, hasta el punto de la entrega, del rendimiento total?. Yo podría decirles que Cristo es nuestro salvador. Que Él nos ha salvado totalmente y que debemos estar felices porque ya no hay condenación para nosotros, por la sangre de Cristo (Rom 8, 1).

Yo podría decirles que Él es el único sacerdote del Padre, que su ofrenda hecha una vez para siempre (cf Heb 10, 10), colmó el deber de toda la creación de ofrecer un perfecto sacrificio al Dios infinito. Yo podría decirles que Él expió y sacrificó por todos nosotros y que su sacrificio es una vez para siempre. Yo podría decirles que Él murió ensangrentado por nosotros, y que exige nuestro amor y que exige nuestra redención absoluta. Podría decirles que Él es Hijo de la bienaventurada Virgen María, igual a nosotros como hombre, pero unido personalmente a Dios.

Yo podría decirles que Jesucristo es el pensamiento de Dios, la idea de Dios universal. Que Él es la raíz de la creación, la raíz de todos los seres. Podría decirles que Él nos espera. Que lo más extraordinario que va a suceder en nuestra vida es nuestro encuentro personal con Él. Podría decirles que Él está vivo, que Él no es ningún personaje del pasado, sino un personaje vivo, presente, cercano, maravilloso. Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.

Todo esto podría decírselos. Pero si el Espíritu Santo no nos ilumina, si el Espíritu Santo no pone en nosotros el amor, si el Espíritu Santo no pone en nuestra boca la alabanza, todo será inútil, como han sido hasta ahora tantas cosas que hemos leído de Cristo. Sólo el Espíritu Santo nos puede hacer pronunciar con amor, con ternura, con mérito, el nombre de Jesucristo.

Sólo el Espíritu Santo puede infundir en nosotros la vida de adoración y de alabanza que debe ser la vida de un cristiano. Oremos en este momento, en adoración, en alabanza y en súplica. Sólo Él puede llevarnos a la entrega total, al sometimiento de toda nuestra vida a Jesucristo. Es lo que se llama convertirnos a Jesucristo, y a aceptarlo plenamente en el corazón.