Nuestra Iglesia, tiene en la Virgen María, un modelo de acogida, humildad, perdón y ternura. Ella nos acogió a cada uno de los creyentes en la persona del discípulo Amado, al pie de la cruz de Jesús, para ser sus hijos, para ser amados por Ella desde ese momento y para siempre. María nos regala de su amor maternal, e invita a que la Iglesia siguiendo su ejemplo acoja a todos los que se acercan a ella, sin importar sus condiciones de vida.

Con su humildad, María nos evidencia, que es posible, reconocerse nada ante el Señor, para que sea Él mismo quien nos engrandezca, Ella dijo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, a partir de esta aceptación de la gracia de Dios para su vida, ella nos enseña a reconocer que solo Dios puede hacer maravillas en nuestras vidas, también en el Magnificat nos expresa él resultado de quien se humilla, será enaltecido por Dios. De esta misma manera la Iglesia está llamada a reconocer que es por la gracia de Dios, que puede recibir en cada uno de sus miembros, infinitas gracias y bendiciones, pero jamás en el orgullo y la soberbia, que alejan a Dios de quienes han decidido vivir bajo esta letal consigna.

 

María Santísima en su vida nos mostró el gran testimonio de perdonar a quienes le hicieron daño, en especial, a quienes crucificaron y mataron a su hijo, seguramente pudo haber sentido mucho dolor y rabia, pero no permitió que el odio se apoderara de su hermoso corazón, sino que junto a Jesús, los perdonó “porque no sabían lo que hacían”. Son constantes las situaciones en las que hay que pedir perdón, nosotros, los miembros de la Iglesia, tenemos que imitarla, buscando perdonar a aquellos que se equivocan, y que con sus actitudes y acciones nos hieren, también tener la capacidad de pedir perdón, cuando hacemos daño a los demás, en especial a los que más queremos.

La ternura y el amor de María, son inigualables, tal vez en este aspecto, cueste más imitarla, pero sin embargo, Ella nos invita a ser tiernos, cariñosos y amorosos con todos los seres humanos, lo hizo con su Hijo, con su esposo San José, con sus familiares, con los amigos y discípulos de su Hijo, con todas las personas que se encontraba en el camino, y no terminó en su vida mortal, sino que en la presencia amorosa del Padre, ella intercede con amor por todos sus hijos e hijas, ante Jesucristo su más grande Amor. La Iglesia en sí misma debe amarse y amar a todos los seres humanos, independientemente de sus condiciones personales, debe ser tierna y amorosa al interior de ella con todos los que la integran, con quienes no reconocen a Cristo como Señor, a quienes se han alejado por situaciones diversas, pero que deben ser invitados nuevamente a volver a su casa, a su familia, la Iglesia. Por eso la Iglesia, sino se mantiene en concordancia con el ejemplo y testimonio de María, terminará convirtiéndose en una institución más en la sociedad, y ella no está llamada a ser eso, todo lo contrario, desde sus inicios en Pentecostés, junto con María, era una comunidad acogedora, humilde, comprensiva, amorosa, que encantaba y enamoraba a los creyentes, obviamente por el anuncio del Evangelio de Jesús, que es el fundamento y esencia de la vida cristiana, y de allí se desprende todo este ser, que la Iglesia debe asumir continuamente sin caer en extremos, para no hacer daños irreparables en la vida de los seres humanos.

 

La Iglesia debe ser no una simple institución, es y debe ser la comunidad hoguera de amor, donde los creyentes, teniendo su encuentro personal con Jesucristo resucitado, con la compañía maternal e interseción de María Santísima, puedan ser hombres y mujeres, que transformen la sociedad y el entorno en el que se encuentran, dando testimonio de la vida abundante que se tiene en Jesús.

 

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