INTRODUCCIÓN.

P. Alvaro Duarte Torres, cjm


En la presente edición (la segunda) de la «Novena de
Pentecostés con textos de san Juan Eudes», se proponen
reflexiones para contemplar a la tercera persona de la
Santísima Trinidad quien a la vez es el formador de Jesús
en todos los creyentes. En efecto, el Espíritu Santo «nos
ha sido dado como el Espíritu de nuestro espíritu»
(Coloquios, 9).

PRIMER DÍA:
JESÚS ENVÍA EL ESPÍRITU SANTO

Inicio
Invoquemos la presencia de la Santísima Trinidad en
este momento de oración:


EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO Y DEL
ESPÍRITU SANTO. AMÉN.


Pedir la presencia del Espíritu Santo, ya sea, invitando
a un momento de silencio, de alabanza o a través de la
siguiente oración al Espíritu Santo, compuesta por san
Juan Eudes:
Señor Jesús, el poder del Espíritu Santo nos penetre totalmente, para que no
obremos según nuestro querer, sino por su acción constante y poderosa.
Amén. (O.C. III, 273).

HIMNO AL ESPÍRITU SANTO.

Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo

Lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

MEDITACIÓN


[O.C. II, 176]
El Espíritu Santo tuvo su parte para hacernos cristianos. Porque formó en las sagradas entrañas de la santa Virgen a nuestro Redentor y nuestra Cabeza; lo animó y condujo en sus pensamientos, palabras, acciones y padecimientos y en el sacrificio de sí mismo en la cruz: Allí, Cristo se ofreció a sí mismo, por el Espíritu Santo, a Dios (Hb 9, 14). Y después que nuestro Señor subió al cielo, el Espíritu Santo vino a este mundo para formar y establecer el cuerpo de Jesucristo, que es su Iglesia, y para aplicarle los frutos de la vida, la sangre, la pasión y la muerte de Jesucristo.


Además, el Espíritu Santo viene a nosotros en nuestro bautismo, para formar en nosotros a Jesucristo y para incorporarnos a él, para hacernos nacer y vivir para él, para aplicarnos los frutos de su sangre y de su muerte y para animarnos, inspirarnos movernos y conducirnos en nuestros pensamientos, palabras, acciones y padecimientos, de manera que los tengamos cristianamente y solo para Dios. Hasta tal punto que no podemos pronunciar como conviene el santo nombre de Jesús, ni tener un buen pensamiento, sino gracias al Espíritu Santo.

Se puede concluir diciendo tres veces:
¡Espíritu Santo, ilumínanos y santifícanos!

INVOCACIONES AL ESPÍRITU SANTO


[Oremos con san Juan Eudes, 102-103]
Invoquemos ahora las maravillas que el Espíritu Santo ha obrado desde siempre y
respondemos a cada jaculatoria:
¡Ilumínanos, Espíritu Santo!
Vínculo de unión entre el Padre y el Hijo…
Espíritu de sabiduría e inteligencia…
Espíritu de consejo y fortaleza…
Espíritu de ciencia, de piedad y de temor de Dios…
Tú que en la creación aleteabas sobre las aguas…
Tú que inspiraste a los escritores sagrados…
Tú que hablaste por los profetas…
Tú que formaste a Jesús en el seno de María Virgen…
Tú que llevaste a Jesús al desierto para ser tentado…
Tú que en el bautismo descendiste sobre Jesús…
Tú que enviaste a Jesús a anunciar el evangelio a los pobres…
Tú que lo fortaleciste en su oración en el huerto…
Tú que por voluntad del Padre lo llevaste a la muerte…
Tú que lo resucitaste de entre los muertos…
Tú que engendraste la Iglesia en la Pascua…

Tú que la hiciste nacer en Pentecostés…
Tú que bajaste sobre María y los apóstoles…
Tú que eres el alma de la Iglesia…
Tú, el primer evangelizador…
Tú que nos recuerdas la enseñanza de Jesús…
Tú que haces presente a Jesús en los sacramentos…
Tú que en el bautismo nos haces criaturas nuevas…
Tú que en la confirmación nos haces testigos de Jesús…
Tú que en la Eucaristía haces del pan y el vino el Cuerpo y la Sangre del Señor…
Tú que oras en los cristianos…
Espíritu de bondad y mansedumbre…
Espíritu de gozo y fidelidad…
Espíritu de paciencia y caridad…
Espíritu de continencia y castidad…
Espíritu de modestia y longanimidad…
Espíritu de benignidad y de paz…
Tú que haces santos a los santos…

OREMOS
Jesús, por el poder de tu Espíritu, poséenos y guíanos, para que crezca en
nosotros y en el mundo entero, la eficacia salvadora de tu reino. Amén.

BENDICIÓN FINAL.

Queremos, Señor Jesús, que vivas y reines entre nosotros. Y nos bendiga con
su Hijo, la Santísima Virgen María. Amén.
También se puede usar para la bendición final la siguiente fórmula:
Padre de Jesús, Espíritu Santo de Jesús, Madre de Jesús, Ángeles y Santos de
Jesús, amen a Jesús en mi lugar: en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo. Amén. O.C. I, 396]