El término en hebreo ruah que preferentemente usa el Antiguo Testamento para expresar la realidad del Espíritu de Dios. Existen dificultades para precisar, en algunos textos bíblicos, cuándo el término hebreo ruah se ha de traducir por viento, respiración, grito, rugido o “espíritu”. Pero una base para hacer una determinada traducción es el contexto en el cual aparece el término y la comparación con otros textos similares dentro de la Biblia. La primera vez que en la Biblia se encuentra la palabra ruah es en el contexto de la narración de la creación (Gén 1); la mayoría de las biblias lo traducen por “espíritu”, aunque algunas lo traducen como “viento”: En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y el Espíritu (un viento) de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz (Gn 1,1-3) Si este fuera el único caso, podríamos aceptar indiferentemente una u otra traducción, pero llama la atención la frecuente mención del Espíritu de Dios, asociado con la creación y, consecuentemente, con la vida. Subrayamos aquí no sólo la creación, sino la luz, en este contexto de ruah de Gén. 1, pues la primera creatura mencionada es la luz. Siguiendo con el tema de la presencia del Espíritu en la creación, nos podemos detener en la creación del hombre que, de acuerdo al designio de Dios, es hecho a imagen y semejanza suya (Gn 1, 26).

El texto (de tradición sacerdotal) se detiene en esa afirmación grande y profunda; pero el capítulo segundo, que proviene de otra tradición, aporta un elemento interesante: Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente (Gn 2,7). El aliento de vida (traducción que la Biblia de Jerusalén hace del término hebreo “neshamah”, un equivalente de “ruah”) aclara en forma sólida que en la creación del hombre, de modo especial, está presente la acción del Espíritu de Dios. La consecuencia de esta presencia creadora del Espíritu de Dios, según Gén. 2, es una persona viva (“nefesh hayah”), una criatura viva, no a la manera del simple animal: tiene en sí un reflejo de Dios, una vida que va más allá de lo biológico, una vida espiritual, sin la cual el hombre deja de ser tal.

Una gran realidad de este ser espiritual, propio del género humano, es su vocación al desarrollo y a la plenitud, lo cual no se agota en lo físico, lo material, lo intelectual o lo profesional, sino que le proporciona un impulso fundamental al logro de su plenitud en el campo propio de un ser espiritual, de un ser que ha sido creado por Dios y destinado a volver a Dios. Un problema que podría suscitarse en estas reflexiones sobre la creación del hombre como ser espiritual está relacionado con la creación de la mujer, la cual, según el libro del Génesis, fue sacada de la costilla del varón, y por tanto, y de la cual se omite la mención del hálito de vida (neshamah) como sí sucede con la creación del hombre.

Pero el postulado “donde hay creación (de la nada) actúa el Espíritu de Dios” es válido para todos los casos. Es consoladora la siguiente afirmación del Génesis: Los creó varón y hembra, los bendijo, y los llamó «Hombre» (Adán) en el día de su creación (5,2), esto es, detrás de la palabra hebrea Adán está un amplio contenido: el hombre y la mujer, los dos son “adam”, y, por tanto, el “hálito de vida” de “adam” es para todos los humanos: delante de Dios, somos iguales.

Si bien el ser racional ha sido creado bajo la acción del Espíritu y tiene una índole espiritual (“neshamah”), el Espíritu Santo también es el creador y dador de vida para todos los seres animados. En la Escritura, Dios es llamado Dios de los espíritus de toda carne (Nm 16,22; 27,16), en reconocimiento de la vida que viene de Dios, no sólo sobre todo hombre sino también sobre todo ser animado. La vida existe en los seres porque Dios se la de por medio de su Espíritu, sin cuya acción no podemos existir, como se percibe en este texto: Así dice el Dios Yahveh, el que crea los cielos y los extiende, el que hace firme la tierra y lo que en ella brota, el que da aliento al pueblo que hay en ella, y espíritu a los que por ella andan (Is 42,5).

Si inicialmente el Antiguo Testamento se fija en la vida biológica, pronto entiende que la vida hace referencia a la totalidad de la persona, lo cual incluye también los afectos, el pensamiento, las decisiones, las pasiones y la plenitud de la vida, en general. En el Nuevo Testamento se encontrará una dimensión de mayor plenitud. Porque el Espíritu de Dios da la vida, Dios puede darla cuando quiere (… con la vida me agraciaste y tu solicitud cuidó mi aliento, Job 10,12) o puede hacer que regrese a él (Vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio Qoh 12,7). Dios es el creador de la vida, el único dueño de la Vida, Él es el Dios de la vida: Les retiras su espíritu, y expiran y a su polvo retornan. Envías tu Espíritu y son creados, y renuevas la faz de la tierra (Sal 104, 29-30).

Aunque por ahora nos movemos en el contexto del Antiguo Testamento, ya se percibe que la vida que procede del Espíritu de Dios tiene carácter y dimensión trascendental. Sin perder de vista la dimensión simplemente biológica de la vida, el horizonte se extiende hasta una dimensión especial, de una vida nueva, conforme a la voluntad y al plan de Dios. La visión del profeta sobre un pueblo destrozado, perdido, muerto y que vuelve a la vida es conmovedora y esperanzadora, y anuncia la venida de tiempos nuevos: He aquí que yo voy a hacer entrar el Espíritu en vosotros, y viviréis.

Os cubriré de nervios, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de piel, os infundiré espíritu y viviréis; y sabréis que yo soy Yahveh… Infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis (Ez 37, 5-6.14). Es la vida del Espíritu que abre horizontes nuevos, dimensiones antes no imaginadas, pero que llevan siempre a una plenitud. El Espíritu da la vida en plenitud; esto aporta un cambio grande a la persona y a la comunidad, e implica dejar un estado pasado y adquirir un nuevo estado, dejar la lejanía de Dios y aproximarse más y más a él, abandonar lo propios caminos para seguir los de Dios, dejar de entregar la voluntad a los propios caprichos para hacer la voluntad de Dios. Si afirmamos que el Espíritu es Luz, ahora podemos afirmar con certeza que el Espíritu de Dios es novedad, en el sentido explicado: Vendrán y quitarán de ella (la tierra de Israel) todos sus monstruos y abominaciones; yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios (Ez 11,18-20).

Con lo anterior, la Palabra del Señor manifiesta una gran misericordia sobre nosotros, pues no sólo da y sostiene, cuida y protege la vida física, sino que Él quiere que nosotros, en tanto criaturas suyas, su imagen y semejanza, estemos profundamente unidos al Señor, seamos realmente movidos por su Espíritu. Personas nuevas, que han abandonado conscientemente lo que le disgusta al Señor; personas decididas a vivir, de ahora en adelante, movidas por su Espíritu, que trae una manera nueva y diferente de ser, de pensar, de sentir, de comportarse, de amar, de relacionarse: Descargaos de todos los crímenes que habéis cometido contra mí, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel?

Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere, oráculo del Señor Yahveh. Convertíos y vivid (Ez 18,31-32). El corazón, en sentido bíblico, implica toda la vida de la persona. Al ofrecer y derramar su Espíritu, Dios ofrece gratuitamente una vida nueva, el ser personas realmente nuevas, con la novedad propia del Espíritu. De parte nuestra, el Señor espera la disponibilidad, el deseo de dejar todos los crímenes (pecados) para que Dios pueda entregarnos todo lo que quiere darnos. No se trata simplemente de un deseo por parte nuestra, sino de una disponibilidad que se expresa en la decisión seria e irreversible de dejar el pecado, pues Dios no nos va a dar la novedad de vida si vamos a pisotear o a depreciar este regalo retornando a una vida pecadora. Los regalos, las gracias, los dones que el Señor tiene y quiere entregarnos son numerosos e inimaginados.

Él sólo pide un corazón dispuesto a una entrega seria a Dios. No se puede jugar con las gracias que Dios otorga; es preciso entregarse en sus manos para andar según sus caminos y para, en último término, darle gloria a Dios. Al ofrecernos la vida, la luz, la novedad, el Señor siempre respeta nuestra libertad; no nos manipula, pero en su Corazón divino siempre está a la expectativa de una respuesta positiva de nuestra parte. Es como si dijera: “Ahora te toca a ti escoger entre la vida o la muerte, la luz o las tinieblas, lo nuevo o lo vetusto. ¿Qué escoges? Eres libre”. Preguntas

¿Por qué decimos que el Espíritu es “dador de vida? ¿Qué quiere decir que el Espíritu es Luz? ¿Qué implica la afirmación de que el Espíritu renueva todas las cosas?

Bendito seas, Señor, Dios Espíritu y dador de vida. Bendito seas porque nos has llamado a la vida y a la vida en plenitud. Mira mis tinieblas y dame tu luz. Mira mi enfermedad y dame tu Vida. Mira mi vetustez y dame tu novedad. Delante de ti, Señor, te entrego mi vida, te entrego mi corazón, acéptalos para tu gloria, Señor. Derrama tu Espíritu Santo sobre mí, purifícame, lléname de tu luz, lléname de la vida de tu Espíritu, por amor a tu nombre, Señor. Amén.