“Jesús es mi todo”, solía decir san Juan Eudes, de quien iniciaremos la Novena el próximo 10 de agosto. Una frase corta, pero contundente. Decir que “Jesús es nuestro todo”, puede convertirse en una frase de cliché e inclusive una bella letra de una canción. Además, es muy fácil decirla, pero en el momento de entrar en su profundidad y vivir así, en “estado de cristificación”, es decir, cuando queremos vivir la vida de Cristo, nos resulta mucho más desafiante.

Cuando Jesús se convierte en el todo de nuestra existencia, puede correrse otro riesgo que en muchas épocas históricas –y aún hoy- ha sido experimentado: si Jesús es mi todo, entonces el resto es malo, se opone a Jesús: el mundo es malo, los demás son malos, las cosas son malas, todo es malo, porque no es Jesús.

Frente a posibles extremos, tal vez la solución sea: ver y amar las cosas desde Jesús. Dios no quiere ser alguien en tu lista de prioridades: primero él, segundo la familia, tercero el trabajo, cuarto el estudio, etc… Dios quiere ser todo en todo. En este sentido, ya no hay una lista con orden de prioridades, sino que todo se ve desde él. En últimas, es leer la vida en clave del amor de Dios: mi familia es prioridad porque en ella puedo amar a Dios; mi trabajo es prioridad porque en él puedo santificarme como me pide Dios; mi estudio es prioridad porque puedo dar gloria a Dios; y así todas las cosas.

Cuando leemos la vida en clave del amor, Dios ya no es alguien más en las prioridades sino la única prioridad: todo está sometido a él y amamos todo cuando somos y tenemos en cuanto que reconocemos la huella de Dios.

Con justa razón el papa Francisco decía en el año 2017 que “el cristiano está llamado a ser cristóforo, significa portador de Cristo al mundo”, pues en eso consiste la vida cristiana: en formar y hacer vivir y reinar a Jesús en el corazón, de manera que se convierta en nuestro todo. No será auténticamente cristiano quien no refleje el amor de Cristo a la sociedad, quien no practique la misericordia, la justicia, la paz y todas las demás virtudes que hacen de Jesucristo el Verbo Encarnado, el Dios humano.