En la Iglesia se hace un pare en el tiempo ordinario para darle paso a la Cuaresma, tiempo de preparación a la Semana Mayor y a la Pascua, pero hay que preguntarse para qué cada año se hace esto, qué sentido tiene hacer todo esto, será que los cristianos católicos aprovecharemos esta nueva oportunidad para vivir este tiempo litúrgico que nos invita a la conversión, es decir al cambio radical y transformador en nuestras vidas.

No se trata simplemente de ponernos la ceniza y ya, sino que debemos procurar ahondar en el sentido de este símbolo en la vida de todo creyente, no solo recordar que los 40 días de la Cuaresma nos evocan los 40 años del trasegar del pueblo de Israel por el desierto en busca de la Tierra Prometida o de los 40 días de Jesús en el desierto.

A propósito de esto compartamos lo que nos dice el Evangelio de Lucas en el capítulo cuatro versículo uno: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del río Jordán, y el Espíritu lo llevó al desierto.”, Jesús ha sido bautizado por Juan en el Jordán y ahora emprende su camino hacia la misión, todos los bautizados deben tomar el mismo ejemplo, porque desde el bautismo tenemos que hacernos conscientes de los compromisos que asumimos al recibirlo, sabemos que los niños y niñas tal vez no pueden hacerlo, pero para ello sus padres y padrinos deben asumir esta tarea por medio de la educación en la fe, para que cuando reciban la Confirmación puedan hacerlo sin excusas.

Jesús ha sido bautizado y lleno del Espíritu Santo es conducido al desierto, que va a tener desde esta explicación una doble connotación, el desierto es por un lado el lugar de la intimidad y del encuentro con Dios, el pueblo de Israel vivió muy cerca de Dios y de su voluntad durante el tiempo que estuvo en el desierto, dicen algunos teólogos y biblistas que este tal vez fue el mejor tiempo para el Pueblo predilecto de Dios, estaba tan cerca todo el tiempo junto a ellos, por eso también nosotros debemos buscar vivir en intimidad con Él por medio de la oración, de la vivencia de los sacramentos y de la misericordia expresada en la relación con los hermanos.

Por otro lado es el lugar de la tentación, donde encontramos en la cotidianidad las dificultades y los problemas que van intentando alejarnos de Dios, arrebatarnos la poca fe que tenemos, por eso Jesús nos muestra en esta perícopa de las tentaciones que podremos vencer si cómo Él nos llenamos del Espíritu Santo y dejamos que nos guíe y nos ayude a vivir auténticamente en la libertad de los hijos de Dios.

La Cuaresma acentúa las posibilidades que tenemos que cambiar y transformar nuestras vidas dejándonos llenar del espíritu de este tiempo litúrgico, que nos invita a intensificar la oración, el ayuno y la limosna; la oración que nos lleva a la intimidad, el ayuno que nos da la fuerza para abandonar todo lo que se vuelve obstáculo para crecer espiritualmente y la limosna para compartir y ayudar a los más necesitados en nuestras comunidades.

La invitación es a vivir intensamente este tiempo aprovechando todo lo que se nos ofrece para que podamos experimentar los frutos de la conversión y cada vez estar más cerca del proyecto del Reino de Dios en nuestras vidas. Cuaresma, otra vez?