Una síntesis del Evangelio
Juan 6, 44-51
“Si uno come de este pan vivirá para siempre”

Ya en la noche de la vigilia Pascual vimos cómo todo convergía hacia el altar. Después del fuego, la Palabra, el agua, finalmente llegó la mesa del pan como punto alto de la celebración pascual. Por eso es tan importante que profundicemos en este tiempo pascual la frase “Yo soy el pan que da la vida”.

Ayer abordamos la primera parte de la frase de Juan 6,35, “Yo soy el pan de la vida”. Consideramos oportuno seguir hoy con esta misma frase en su segunda parte: “El que venga a mí, no tendrá hambre y el que crea en mí no tendrá nunca sed”. Aunque no explicaremos en esta ocasión los vv.44-41, lo que reflexionaremos enseguida nos ayudará en entender mejor el énfasis en el tema de la vida, característico de los versículos citados (observe bien ese texto).

  1. “No pasará hambre… nunca tendrá sed”

Jesús utiliza dos imágenes cotidianas, y al mismo tiempo fuertes, para expresar lo que sucede en el encuentro vivo con Él.

En Jesús la vida encuentra una nueva satisfacción porque Él es la repuesta a lo que está en el fondo de todas las búsquedas.

El hambre termina cuando conocemos a Jesús y, por medio de él, a Dios. En Él el corazón inquieto encuentra su reposo, el corazón hambriento se halla colmado en sus más profundos deseos. La vida deja de ser un “sobrevivir”, y aún más un mero vegetar, o un campo de batalla indeseable donde nos derrotan las soledades y las frustraciones, para convertirse en una aventura llena a la vez de emoción y de paz.

En la comunión con Jesús, nuestra vida está segura más allá de la muerte. El último día, cuando lleguemos al puerto, cuando el presente histórico termine, no caeremos en el vacío porque la muerte no es carencia (hambre-sed) de vida sino plenitud de ella, porque –en última instancia– la vida está en Dios (ver Juan 1,4).

La frase sobre el hambre y la sed que se sacian definitivamente, nos muestra además el toque de eternidad que tiene cada presente. Cada instante de nuestra existencia es verdaderamente vida si está lleno de Dios.

2. “El que venga a mí… el que crea en mí”

La última expresión es para reafirmar que el don de Dios supone una acción de nuestra parte: el creer.

El evangelio ha dejado claro que la comunión con Dios sólo es posible por medio de Jesús y por eso Él es “pan” imprescindible para la vida en Dios. Sin Él nunca habría sido posible y aparte de Él sigue siendo imposible, de ahí que haya que entrar en relación con Jesús, pero no cualquier tipo de relación.

“Venir” a Jesús es lo mismo que “creer” en Jesús. Con estos términos se está
describiendo la fe como una dinámica relacional, como un acudir a Él mediante sucesivos acercamientos. A Jesús lo vemos cara a cara en la Santa Escritura, en la Eucaristía, en los hermanos, pero el “creer” es más que verlo: hay que acercarse a él, hay que dar el paso de la fe, esto es, hacerlo amigo, estrechar las relaciones como en una gran cena con Él, porque “venir a Él” es aceptar su invitación.

La dinámica de la fe es similar a la de la búsqueda del alimento. Si conectamos la imagen del “venir” con el del “hambre-sed”, que acabamos de leer, vamos a notar que es si se estuviera diciendo: ¿Qué es lo que uno hace cuando tiene hambre? Pues uno va a la nevera o a una cafetería y come, si uno me regularmente nunca tendrá hambre. ¿Qué es lo que uno hace cuando tiene sed? Lo mismo: uno bebe, y si uno se mantiene bebiendo agua o algún otro líquido regularmente nunca va a tener sed. Así es la dinámica de la fe: es un profundo impulso interno y no acto racional y frío.

Pero, ¡atención!, es la búsqueda de una persona, no de cosas.

No se debe mirar a Jesús a distancia, hay que aproximarse a Jesús como a alguien accesible, como amigo que nos acoge en la calidez de su morada. Entonces, nuestra vida se fundamenta en Él, nuestro ser arranca y crece en un impulso de libertad, y nos sentimos a gusto con Dios y con la vida.

La vida que Jesús ofrece es directamente proporcional a esta relación. Los horizontes del corazón se abren en la medida en que se ahonda la intimidad con el Señor.

En fin… Nuestra vida se fortalece en la misma vida de Él, haciendo camino de la fe, para que en el espacio de la relación con Él, brote en nosotros su misma vida. Es así como recibimos el don del pan del cielo, vida que sin duda es verdadera vida.

Anotación sobre Juan 6,44-51

Jesús se acaba de presentar como el “Pan de la Vida” (6,35) y también ha dicho claramente que su tarea de “dar vida”, viene del Padre (=“he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”,6,38), luego Él es el “Pan bajado del Cielo” (enunciado en 6,33 y explanado en 6,41.51ª).

El evangelista hace notar que los oyentes de la catequesis no comprenden que el término “pan” es sinónimo de “Palabra” identificada con Jesús, de la cual la “escucha” se convierte en invitación a la cena, en asimilación, en nutrición, en vida y resurrección.

Por lo tanto, en Juan 6,41-51, la bellísima expresión “Pan de la Vida”, significa ante todo “Palabra que hay que acoger (=creer) y en encarnar (=comer)”, su verdadero sentido es “Pan de vida = Palabra hecha carne”.

Los términos de este pasaje, nos muestran que la Eucaristía –“Pan vivo bajado del cielo”– acogida en el hoy de nuestra fe, nos coloca de manera permanente frente a la gran riqueza de la persona de Jesús y de la totalidad de su obra en el mundo. Y siendo así, la Eucaristía es una síntesis del Evangelio.

El texto de Juan 6,41-51 está compuesto por (1) una objeción a Jesús, en la cual se nota un rechazo al misterio de la encarnación (en los vv.41-42), y (2) una revelación acerca de Jesús, que contiene dos partes:

• Jesús es el don del Pan-Palabra que baja del cielo (6,43-47)
• Jesús es el don del Pan-Carne que se nos da en alimento (6,48-51)

Para cultivar la semilla de la Palabra en la vida:

  1. ¿Jesús es una necesidad vital para mí?
  2. ¿En mi vida de fe actual, siento a Jesús como generador de vida en mí?
  3. ¿Cómo se puede conseguir el “verdadero pan” que viene del Padre y que Jesús ofrece?

«¡Misterio de amor! ¡Símbolo de unidad! ¡Vínculo de caridad!
Quien quiere vivir, tiene dónde vivir,
tiene de qué vivir.
Acérquese, crea, entre a formar parte del Cuerpo,
y será vivificado»

(San Agustín)