En muchas comunidades cristianas de Asia Menor, Egipto, África, Galia y Roma, durante el siglo II se designaba a Jesucristo con el nombre de “pez”. Así como todavía lo llamamos “cordero de Dios” o “León de Judá”.

Esto se puede explicar de varios modos:

1. Jesús compartió el pescado con sus discípulos: En la multiplicación de los panes y los peces (Mt. 14,17), o en la comida que sigue a la resurrección (Lc. 24,42), tras la pesca milagrosa, cuando Él mismo, preparó un pez asado y lo ofreció a sus discípulos. Así el pez, comida que Jesús da, evoca la Eucaristía que es el verdadero alimento con que el Señor Jesús quiere nutrir a su Iglesia. (Jn. 21,13). En la catacumba de Lucina hay una pintura del Siglo II: Una canasta con panes y un pez vivo que se ofrece a la comunidad.

2. Hacia el año 200, en África, escribió Tertuliano: “Nosotros pececillos, conforme a nuestro pez Jesucristo, nacemos en el agua…” Esta es una alusión a Jesús. Se le designaba también como “pez de la fuente”, recordando así el bautismo. Un epitafio antiguo lo denomina “pez puro del manantial”, quizá porque los antiguos pensaban que eran impuros los peces del mar, que comían carnes muertas. Desde antiguo se conoce en la Iglesia un acróstico, formado a partir de la palabra ICTIS que traduce “pez”.

Las cinco letras de dicha palabras habrían originado el siguiente acróstico:

Jesús Cristo (de) Dios Hijo, Salvador.

Así estaríamos ante una confesión de fe, velada quizá por lo que solía llamarse “la disciplina del arcano”.

3. Transcribimos aquí los fragmentos de dos efitafios uno corresponde a la tumba de San Abercio, Obispo de Hierópolis en el siglo II, y el otro corresponde a la tumba de Pectorio en Autun, y es del siglo III o IV.

3.1“El pastor… me presentó como alimento el pez del manantial,

3.2 “Raza divina del pez celeste… recibe el alimento… del Salvador de los grandísimo, puro, que cogió la virgen casta, y lo dio a comer todos los días a sus amigos, teniendo un óptimo vino, y dando mezcla, con pan”. Santos, come con avidez, teniendo el pez en tus manos. Que yo me sacie, pues, con el pez, lo deseo ardientemente, Señor, Salvador.

Era también el signo de la fecundidad. De la comunidad que se extiende por el mundo (Gn. 48,16; Cfr. San Agustín, la Ciudad de Dios XVIII, 23).