Desde hace días quería compartir unas palabras, dirigidas especialmente a las parejas de creyentes que han vivido la difícil experiencia de la separación y el divorcio y que con frecuencia buscan en la Iglesia Católica la inspiración y el apoyo a su nueva situación.

Por el ministerio de asesoría espiritual que he ejercido, me he acercado a esta realidad. A muchas personas he escuchado y ninguna me ha dicho que es feliz. Al contrario, vienen tan heridas, que se parecen al hombre de la parábola de Jesús que “cayó en manos de los salteadores que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto” (Lc. 10, 29).

El divorcio es siempre una ruptura que hace daño a las dos partes; implica sentimientos de fracaso, dolor, impotencia, inseguridad, temor al futuro y a la soledad, ansiedad, resentimientos, etc. Todo esto es más acentuado en la parte inocente que ha querido permanecer fiel y salvar la relación a toda costa. Hay personas que se hacen mucho daño cargando con la culpa de todo lo sucedido; otras descargan su responsabilidad totalmente a la otra persona. La realidad es que en los dos está la culpa. O hubo una equivocada elección, o no supieron manejar la vida en común para llegar a estos niveles de fragilidad. Juan Pablo II ha dicho: “La separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil” (FC 83).

Qué no decir del sufrimiento de los hijos; ellos asisten a los peores momentos de sus vidas, a veces teniendo que madurar a la fuerza, tomando decisiones para las que no estaban preparados. Un día escuché a un niño al que le preguntaban con cuál de los padres quería quedarse y respondió llorando: “Los necesito a los dos, por favor no me hagan esto”.

El Papa, como primer Pastor de la Iglesia, nos ha pedido comprensión, estima, solidaridad y ayuda concreta hacia quienes pasan por esta situación. Pero hay dos grupos de divorciados que hay que diferenciar:

Los divorciados que se abstienen de una nueva unión. Es bueno saber que el cristiano divorciado tiene acceso a los sacramentos, incluso a la eucaristía, pero con las mismas exigencias de perdón y reconciliación de cualquier cristiano. Dice el Papa: “Quien ha tenido que sufrir el divorcio, pero -conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido- no se deja implicar en una nueva unión, empañándose en cambio en el cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asumen un particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos” (FC 83).

Los divorciados vueltos a casar. A este respecto se expresa el Papa: “La experiencia diaria enseña que quien ha recurrido al divorcio, tiene normalmente la intención de pasar a una nueva unión, obviamente sin el rito religioso católico. La Iglesia, para conducir a la salvación a los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede abandonar a sí mismos a quienes –unidos ya con el vínculo matrimonial- han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto, procurará infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación” (FC 84).

A estas parejas, a veces rechazadas o incomprendidas, la Iglesia no las ha excomulgado, pueden seguir siendo miembros activos; aunque su participación sacramental se ve algo limitada por su condición de vida. Para ellas permanece abierto el amplio espacio de la comunión con la Palabra de Dios, la participación en la vida de oración de la Iglesia y en la celebración del sacrificio de la misa (que aun sin la comunión sacramental es una real participación en el misterio eucarístico), la participación en la acción caritativa de la Iglesia y en su lucha por una mayor justicia en el mundo. Son llamados a ser evangelizadores entre sus hijos. También pueden participar en algunas formas penitenciales como el ayuno, la limosna, etc.

Cuando hablo con una pareja en estas circunstancias recuerdo las palabras de Yahvéh a Samuel en otro contexto: “La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahvéh mira el corazón” (l Sam. 16, 7). Solo el Señor puede escrutar las conciencias y conocer las circunstancias e intenciones de los hombres. Y Él “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad” (l Tm 2, 4).