La esperanza, junto a la caridad y la fe, es una de las tres virtudes teologales, infusas en nuestra alma, importantes porque son herramientas para la vida cristiana, brillando con el esfuerzo personal y el hábito de repetirlas. Particularmente quien tiene esperanza, sabe que en Dios está su vida, y que Él tiene el poder de hacer o lograr lo imposible: “Yo espero en Yahveh, mi alma espera en su palabra; (Salmo 130, 5).

Quien tiene esperanza, sabe que todo no está perdido, mira las circunstancias adversas de la vida, no con ojos terrenos, sino con ojos trascendentales, viendo más allá de lo meramente tangible, con fe, porque Dios es nuestra fortaleza y quiere lo mejor para nosotros: “Que bien me sé los pensamientos que pienso sobre vosotros – oráculo de Yahveh – pensamientos de paz, y no de desgracia, de daros un porvenir de esperanza.” (Jeremías 29, 11).

Esperanza, es saber que no estamos solos, la fuerza del Espíritu Santo nos anima a esperar, porque creemos con el corazón en las promesas que Dios. Nuestras esperanza no es vana, tenerla nos da paz, nos ayuda a vivir el presente, sin dejar de poner nuestros ojos en un futuro promisorio que el Todopoderoso tiene para nosotros: “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo”.(Romanos 15, 13)

Tener esperanza es ser humilde, es reconocer que nuestras vidas no están en manos nuestras, si no en las de Dios: “Con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.” (Efesios 4, 2-3).

Esperanza es lo único que nos queda cuando nadie cree en nosotros, cuando todos nos dicen que todo está perdido, cuando los que nos hacen daño se burlan. Esperanza es lo que tenemos cuando nos dejan en el olvido: “Que no queda olvidado el pobre eternamente, no se pierde por siempre la esperanza de los desdichados. (Salmo 9, 19).