Marcos 12, 38-44

“Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas”

La lectura de este sábado tiene viso de conclusión: nos presenta comportamientos esenciales y nos invita a hacer balance del camino recorrido.

Terminamos la “lectura continua” del evangelio según san Marcos que se había iniciado en el mes de enero, cuando –después del tiempo de Navidad- comenzó el tiempo llamado “ordinario”. Fueron nueve semanas al interno del itinerario bautismal de Marcos: un discipulado en el que, cargando con la propia Cruz detrás de Jesús (Marcos 8,34), se hace una configuración de “conversión” y “fe” con Jesús.

La formación de los discípulos termina con el llamado “discurso escatológico” (Marcos 13) cuya última instrucción es el llamado a vivir en permanente vigilia, discerniendo los signos del Resultado en la historia: “¡Vigilad!” (13,37). Pero antes de éste, Jesús pronuncia una lección explícita sobre el discipulado (“instrucción”, 12,38a), haciendo pasar al frente tres personajes para que se vea quién es el que se parece más al discípulo del Reino, a la persona que está en verdadera sintonía con el “Hijo”: (1) Los escribas o “Maestros de la Ley” (Marcos 12,38-40) (2) Los ricos generosos (12,41) (3) Una viuda pobre (12,42-44)
Los tres personajes tienen en común el que se consagran a la causa de Dios: (1) los escribas lo hacen con la enseñanza de la Ley, (2) los ricos con su limosna generosa para el sostenimiento del Templo y (3) la viuda –que no tiene el prestigio de los primeros ni el dinero de los segundos- quien se da a sí misma a Dios con el gesto de las dos moneditas.

  1. Los escribas (12,38-40) El imperativo “Guardaos” con que comienzan las palabras de Jesús (12,38b), en principio se refiere al “mirar atentamente una situación para reflexionar sobre ella”, invita a (1) ejercitar el discernimiento para distinguir el tipo de comportamiento que no corresponde a los valores del Reino y (2) trabajar internamente para evitarlo y, cuando es necesario, purificarlo.

La observación se centra en los siguientes comportamientos:

(1) La exhibición de su ropaje: túnicas de mucho vuelo que eran tenidas como signo de nobleza (12,38c).

(2) Recibir la honra debida a los Maestros en los espacios públicos de mayor concurrencia, de manera que llaman la atención del público para incrementar las reverencias (12,38d).

(3) Ocupar el puesto de honor –generalmente con la cara frene al auditorio- en las ceremonias religiosas (“sinagogas”, 12,39a) y civiles (“banquetes”, 12,39b).

(4) Apropiarse del dinero de las mujeres adineradas que –en su viudez- piden asistencia religiosa (12,40a).

Todos estos comportamientos tienen que ver –en principio- con los “derechos” que le corresponden a un Maestro de la Ley. Pero Jesús analiza el “uso” que hacen de ellos, de esta manera saca a la luz las motivaciones internas de aquellos externamente al servicio de Dios pero explotan su posición para su propio provecho.

El último comportamiento parece ser el más grave. En los tiempos bíblicos las viudas dependían de los escribas para que les redactaran documentos, defendieran sus derechos ante los hermanos o los acreedores del difunto esposo, incluso ante los hijos que querían desde ya la herencia; pero estos expertos en la Ley se quedaban al final con la mejor parte de la propiedad que ayudaban a defender. La ira de Jesús ante esta situación se hace sentir: “Ésos tendrán una sentencia más rigurosa” (12,40b).

  1. Los ricos generosos (12,41)
    Nos situamos en el llamado “atrio de las mujeres”, dentro del Templo de Jerusalén. Allí estaba localizada el “Arca del Templo” (12,41), la cual debía tener trece recipientes de bronce con bocas en forma de trompeta, destinadas para recibir dinero para diferentes propósitos.

Jesús “miraba cómo echaba la gente” las monedas allí (12,41b). El “mirar” en esta ocasión indica “contemplar”: observar cuidadosamente. Jesús ve el “cómo” se hacen los donativos. Lo primero que nota es que “muchos ricos echaban mucho” (12,41c). Llama la atención el “muchos/mucho”.

El problema no está en los donativos, ni su cantidad ni su procedencia, sino en el hecho que éstos son tan notables que Jesús tiene que llamar la atención de los discípulos para se fijen en el donativo menos estruendoso de la viuda pobre (12,42). No es frecuente detenerse a reparar en el valor de lo pequeño.

  1. La viuda pobre (12,42-44)
    La instrucción de Jesús consiste en ponerlos de cara frente a la grandeza del don de la viuda pobre. La enseñanza tiene solemnidad (“os digo de verdad”, 12,43b).

La viuda pobre “echó dos moneditas” (12,42b). Las monedas referidas aquí (en griego “lepton”) son las más pequeñas y las del material más barato (generalmente de cobre o a los sumo de bronce) del mundo judío. Se trata de una manera para indicar la insignificancia de este donativo frente a los anteriores: frente al “muchos/mucho”, esta viuda aparece sola con muy poco.

Pero Jesús tiene una manera distinta de calcular las proporciones (he aquí un nuevo valor del Reino). Lo que Jesús “ve”, que parece que los otros no notan, es la proporción del don con relación a lo que tiene cada uno (no los otros): todo lo que está en capacidad de dar.

El caso de la viuda pobre es verdaderamente dramático. Jesús hace tres puntualizaciones sobre el pequeñísimo don de la mujer:

(1) “De lo que necesitaba”
(2) “Todo cuanto poseía”

(3) “Todo lo que tenía para vivir”


“Lo que necesitaba” la viuda se contrapone con “lo que les sobraba” a los ricos (12,44ab). El “dar” no se mide por lo que entregamos sino por lo que nos reservamos. Se ha puesto de moda la frase: “amar/dar hasta que duela”.

Más aún, la mujer se dio a sí misma. No sólo “todo lo que poseía” sino “todo lo que tenía para vivir”. Jesús utiliza el término “bios” (vida), indicando no el aspecto existencial (que es “zoé”) sino lo cotidiano que nos mantiene en pie, el aspecto físico que necesita ser cuidado: la salud, el alimento, el bienestar personal.

Esta mujer sí sabía lo que es espiritualidad. El gesto de la viuda pobre no fue el dar una limosna sino el hacer un verdadero acto de culto en el Templo (lo que “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”, 12,33): le dio su misma “vida” (“bios”) a Dios. Su ofrenda escondida (no como los escribas ni los ricos) a Dios la llevó hacer –en su extrema pobreza- la más alta expresión de confianza y de oblación que pueda existir: vaciarse de sí misma (todo a lo que tendría derecho) y hacer depender de manera radical, absoluta e íntegra, toda su vida, de Dios. Así como lo hizo “el Hijo” durante toda su vida y particularmente en la Cruz.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿A qué tipo de personas hace alusión el texto de hoy y cuáles son sus características?

2. “El dar no se mide por lo que entregamos sino por lo que nos reservamos”. ¿Cuáles son aquellas ‘posesiones’ (cosas, personas, ideas, etc.) de las cuales no quiero desprenderme? ¿Soy capaz de darlo todo a Dios, como la viuda pobre? ¿Cómo lo haría?

3. ¿Cuáles son las características de una comunidad (grupo, familia) que se empeña seriamente en ofrecer a Dios y a los demás todo lo que es y tiene? ¿Qué camino comunitario debemos recorrer para llegar allí?

4. ¿Cuándo doy algo a alguien, me gusta que los demás se den cuenta o soy capaz de hacerlo en silencio y sin que se note? ¿Cómo lo hice en esta semana que pasó? (recuerdo los momentos en que le ofrecí algo a alguien).

5. ¿Qué me dice el gesto de la viuda pobre para mi vivencia de mi consagración religiosa o laical, para mi vida presbiteral?

“Corazón adorable del Hijo único de María, mi corazón se llena de gozo al comprobar que tienes más amor por esa amable Virgen que por todo cuanto ha sido creado, y que ella también te ama más que todas las criaturas juntas. Entrego mi corazón a ese amor mutuo del Hijo y de la Madre” (San Juan Eudes, “Llamas de amor”)