Este mes de noviembre comienza con la fiesta de todos los santos y con la conmemoración de los fieles difuntos. Esas dos celebraciones recuerdan el camino de la vida, no sólo en su contenido, sino en su orden.

Muchos piensan que se necesita morir para ser santo. Pero muerte y santidad son realidades diferentes: aquella es el término de la existencia terrena, y ésta es la vocación, recibida desde el bautismo y no un diploma recibido al culminar la carrera en la universidad de la vida. Dios nos llama a ser santos ahora, y no sólo al expirar.

En un reinado de belleza, después de desfiles y bailes, competencias y entrevistas, el jurado decide cuál de las candidatas es designada reina, pero ella no es hermosa porque los jueces lo deciden, sino porque su cuerpo es esbelto y sus facciones, agraciadas.

Así es la santidad. Un santo no lo es porque la Iglesia lo declare como tal, sino porque ha aceptado el Evangelio, porque ha dejado que la sangre de Jesús purifique sus culpas, porque ha sido bautizado en el Espíritu Santo y ha dejado que ese Divino Espíritu ilumine su mente y mueva su voluntad, porque respondió al llamado del Padre celestial para que viviese como hijo en la tierra y se hundiese para siempre en el amor en el cielo.

Un recién bautizado es santo no por lo que ha hecho, sino porque Dios vive en él. Todos los seres humanos podemos ser santos si crucificamos nuestros vicios y pasiones, y nos dejamos invadir por el Espíritu de Pentecostés.

La Iglesia canoniza, es decir, inscribe en el catálogo de los bienaventurados, a aquellos hombres y mujeres que vivieron la santidad de tal manera que fueron auténticos testigos de Jesús. Cada uno de ellos es un prototipo de lo que muchísimos otros pueden llegar a vivir. Por cada mártir canonizado hay un ejército de testigos que tiñeron sus vestidos en la sangre del Cordero. Por cada doctor de la Iglesia hay una multitud de escritores y predicadores que se apasionaron por conocer a Dios y hablar de Él. Por cada virgen venerada por los cristianos, hay un jardín de lirios y nardos que perfuman la comunidad creyente.

Cuando los santos mueren, refulgen desde el cielo e iluminan el firmamento de la Iglesia, pero mientras están en la tierra, aunque no ostenten ninguna aureola, dan el sabor del Evangelio al océano humano, y hacen que se fermente, con sabor a pan eucarístico, la masa de todos los vivientes. Eso lo logran antes de morir, antes de ser canonizados si, impregnados por el Espíritu Santo, producen frutos de amor.

Tomado de Revista Fuego