Terminado el tiempo litúrgico de las manifestaciones del Hijo de Dios que se hizo hombre y puso su morada entre nosotros, antes de retomar la lectura continua del Evangelio de Marcos, quien nos acompaña este año, la liturgia nos invita a detenernos todavía un poco más sobre una epifanía de Jesús que hace la transición.

Se trata de la revelación a los primeros discípulos través de la llamada, ese primer encuentro que da impulso al discipulado. Y lo hacemos en la versión del cuarto evangelio: Juan 1,35-42.

El narrador de Juan, una vez que nos ha propuesto esa maravillosa puerta de entrada que es el prólogo, desde Juan 1,19 nos ha venido contando lo que pasa en los primeros días.

Entre Juan 1,19 y 2,12, se distinguen siete días que constituyen la semana inaugural de la vida pública de Jesús.

Estamos en el tercero. Dos días después de aquel interrogatorio que le hicieron a Juan Bautista las autoridades sacerdotales venidas de Jerusalén.

¿Qué ocurre?

Jesús viene caminando y pasa delante de Juan y dos de sus discípulos (1, 35).

Juan fija la mirada (“emblepō” en griego) en Jesús y afirma: “¡Miren! Este es el Cordero de Dios” (1,36).

Esta frase es toda una presentación de Jesús.

Juan lo indica como el Siervo de Dios, el Cordero pascual que trae la liberación a su pueblo. El término arameo “talja” tiene ese doble significado.

“Miren, este es el Cordero de Dios”, este es como el animal de los sacrificios, el último nacido de la grey que es inmolado en los altares, pero este es el último sacrificado para que ninguno más sea matado.

Juan anuncia una novedad absoluta que da un giro en la historia de las religiones.

En las religiones el sacrificio consiste en ofrecer algo (un animal, dinero, una renuncia…) a la divinidad, para obtener a cambio un favor.

Con Jesús el asunto es diferente: Dios no pide más sacrificios, ahora es Él quien viene y se hace cordero, el que se sacrifica por mí.

Juan, como maestro que es, educa de esta manera a sus discípulos dándoles una orientación nueva a su búsqueda.

Es interesante, Juan nos los retiene, sino que los reeduca llevándolos hacia el Mesías. Juan Bautista echa para atrás y los empuja a ella, los hace seguir de aquí en adelante junto con Jesús.

Esto que se nos dice de Juan Bautista es ejemplar. Habla fuerte de un hombre que no se limita a dar testimonio con palabras, sino con hechos, y que es consecuente con lo que ha anunciado sobre Jesús como el Cordero de Dios (Jn 1, 29. 30).

Y bien, ellos escuchan estas palabras de Bautista y enseguida se van caminando detrás de Jesús, siguen sus huellas, van donde él va (1,37). El verbo “seguir” connota discipulado.

Enseguida vemos como de repente Jesús da media vuelta y hace dos cosas (1, 38):

Una: los observa con mirada penetrante. El narrador se vale del verbo griego “theáomai”, que connota una mirada escrutadora, que discierne.

Dos: les hace una pregunta: “¿Qué buscan?”.

Esta pregunta se podría retraducir así: ¿Qué buscan de verdad? ¿cuál es el deseo más profundo de ustedes? ¿qué esperan de mí?

Estas son las primeras palabras de Jesús según el Cuarto Evangelio. Se repetirán casi al final de evangelio como las primeras del Resucitado a María Magdalena

No se trata de una afirmación o de una declaración, como a lo mejor esperaríamos, sino de una pregunta: “¿Qué es lo que buscan?”.

Jesús apela al buscador que cada uno lleva por dentro. Cada uno es un ser en búsqueda, con un interrogante plantado en el corazón. Como diría el poeta R. M. Rilke: “Antes de correr a buscar respuestas, vive bien tus preguntas”.

De esta manera Jesús muestra a quienes lo siguen que no lo deben hacer simplemente por encanto, por la fascinación que genera su persona o por el simple deseo de afiliarse a un grupo.

¡No! Un discípulo puede desembocar en un camino equivocado si no toma conciencia y dice con sinceridad qué es lo que de verdad busca.

San Benito escribió en su regla: “Si revera Deum quaerit”, o sea, “Si vervedaderamente busca a Dios”. Esto es, si uno no está empeñado en buscar, dispuesto a dejar de lado las seguridades, para abrirse al don de Dios.

Por su parte San Juan Crisóstomo escribió: “Encuentra la llave del corazón. Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.

Buscar es todo un trabajo, una actitud absolutamente necesaria para escuchar y para acoger la verdad presente en lo íntimo, allí donde el Señor habla.

Lo primero que Jesús pide es entrar en sí mismos, conocer el deseo profundo: ¿Qué deseas más de la vida? En mí lo encontrarás, pero primero hazte la pregunta.

¿Y qué ocurre entonces?

Ante esta fuerte pregunta de Jesús, los dos discípulos responden con otra pregunta: “Rabbí, ¿donde moras?” (1,38).

Responder con otra pregunta nos recuerda el mejor estilo de las diatribas rabínicas.

Hagamos dos precisiones.

Una. Jesús es llamado por ellos con la partícula hebrea “Rabbí”, que enseguida el narrador traduce: maestro. Un Eabbi es un maestro y guía (“Didáskalos” en griego).

Dos. Ellos manifiestan que quieren conocerlo en su morar, en su habitar. No sólo quieren escuchar una enseñanza, sino ser envueltos completamente por su misma vida.

La formulación de la pregunta merece una breve profundización.

Por una parte, se evoca un hecho común en el contexto escolar del antiguo Israel acerca de la relación Maestro-Discípulo, esto es, que los discípulos con frecuencia se iban a vivir a la casa del Maestro con el fin de asimilar la sabiduría de su misma vida.

Por otra parte, tiene una dimensión más profunda: el adverbio “dónde” cuando se usa en este evangelio con referencia a Jesús, aparece en contextos en los que se indaga su identidad, su origen.

Y además, tenemos el verbo griego “menō”, que se traduce generalmente como “habitar”, pero que quizás sea mejor traducir como “permanecer”.

Este verbo es característico de la escuela juánica, connotando un permanecer firme, un resistir; como cuando en Jn 1,32 se dice que el Espíritu “permaneció” sobre Jesús, o como en Jn 15, 7 cuando se dice que los discípulos deben “permanecer” con él.

Jesús les responde con sencillez: “Vengan y verán” (1, 39).

Es decir: Vengan y hagan la experiencia. Vengan y verán con una mirada diferente que los llevará a ver mi gloria como Hijo de Dios (Jn 1, 14; 2, 11).

Y es así como ocurre el primer encuentro con Jesús. Un encuentro que les cambia profundamente la vida.

El narrador agrega la hora en que esto ocurrió: “Era más o menos la hora décima”, o sea, las como cuatro de la tarde (1, 39).

Es desde ese momento que comienzan a vivir con él. Ellos “permanecieron” con él. Lo dice de nuevo con el verbo griego “menō” que, como ya dijimos, significa mucho más que habitar junto alguien.

El narrador nos descubre en este momento el nombre de uno de ellos (1,40).

Estos dos primeros discípulos eran Andrés, hermano de Simón Pedro, y otro del que no se dice el nombre, pero que la tradición ha querido identificar con el “Discípulo amado” (Jn 13, 23; 19, 26; 20, 2; 21, 7.20).

Los evangelios sinópticos nos presentan esta llamada de una manera diferente: en Galilea, a la orilla de mar, donde están los pescadores. Esta versión de la vocación la leeremos el próximo domingo (Mc 1,16-20).

Para el evangelio de Juan, en cambio, la vocación está mediada por Juan el Bautista, no es directa. El inicio no es el imperativo “Síganme”, sino con un Juan Bautista que echa para atrás y un Jesús que comienza con una pregunta.

En ambos casos, con todo, el testimonio concuerda en esto: antes de comenzar su predicación, Jesús reúne en torno a él a una comunidad, gente a la que llama para que lo sigan y compartan su misión y vida para siempre, con perseverancia, hasta el final.

Andrés va donde su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías, el Cristo” (1, 41).

Andrés se siente impulsado a comunicarle a su hermano la buena noticia del Mesías tan esperado y que ya está presente en el mundo, en medio de su pueblo.

De esta manera Andrés lleva a su hermano donde Jesús porque Simón compartía la misma esperanza, también él estaba en búsqueda de Aquel del que Juan anunciaba su venida.

La espera ha terminado, la búsqueda ha valido la pena.

La expresión “Hemos encontrado”, en plural, parece indicar el “nosotros” de la comunidad de Jesús. Es en estos términos que resonará el evangelio, como un testimonio eclesial de Jesús.

Según el evangelio de Juan, Simón no hace nada en particular, no toma ninguna iniciativa para ser llamado. Todo lo que hace es ponerse ante Jesús y escuchar sus palabras inequívocas.

Quien se ocupa es Jesús. Jesús lo mira fijamente. El narrador usa aquí el mismo verbo de Juan Bautista cuando vio pasar a Jesús. Narra una experiencia fuerte.

Mirándolo, Jesús le dice a Simón: “Tú eres Simón, el hijo de Juan. Serás llamado Kefas”, término que significa “Pedro”, “piedra”, “roca”.

“Serás llamado Kefas”. Con esta expresión Jesús proclama su verdadera identidad, su vocación y su misión.

Jesús revela quién es verdaderamente Simón al interno de su comunidad. Es una roca puesta como autoridad. Él será el portavoz de los Doce (Jn 6, 67), él será el pastor de la grey del Señor (Jn 21, 15-18).

En fin…

Estamos ante una página del Evangelio que perfuma libertad, de espacios y corazones abiertos.

Una escena que comienza con Juan Bautista que señala a otro realmente grande al cual mirar, al mismo tiempo que se retrae para no brillar él.

Luego dos discípulos que dejan a su antiguo Maestro y que se atreven a dejarse llevar por la inquietud que palpita en el corazón. Como diría san Juan de la Cruz: “Si ninguna luz ni guía, sino lo que en el corazón ardía”.

Hemos visto en esta página también cómo la mirada del Maestro es el primer anuncio y la puerta de entrada.

Jesús nos hace entender que les falta algo, que la búsqueda nace de una pobreza, de una ausencia que arde por dentro.

¿Qué te falta? ¿Salud, dinero, esperanza, tiempo para vivir, amor, sentido de la vida, oportunidades para dar lo mejor de ti?

Pues hay algo más profundo.

Hay un deseo que es todavía más alto, superior, y que es mucho más que el mero bienestar, un deseo que te lleva de lo superfluo a lo realmente esencial.

Todo en torno a nosotros grita: busca a Dios, búscalo en Jesús. En él tendrás una casa, una morada que no acaba, un espacio de vida seguro y sereno, una relación fuerte que purifica y que revitaliza todas las demás.

Las cosas esenciales son pocas y a ellas se llega a través de la llave del corazón. Y escucharlo nos lleva Jesús.

Queda entonces la pregunta: ¿Qué buscan?

Es lo primero que habría que preguntarle a todo el que se acerca a Jesús. La pregunta que cada día nos vendría bien plantearnos.

Y nosotros podríamos responder: queremos vivir contigo, Rabbí, para que tu vida sea nuestra vida.

¿Qué más queda? Queda la ejemplar respuesta de los primeros seguidores de Jesús.

Ellos se fueron detrás guiados por la palabra y comenzaron el seguimiento de un joven rabbí del cual ignoraban todo, excepto una imagen que es una metáfora fulgurante: “Miren, este es el Cordero de Dios”.

Queda finalmente también lo que el Bautista hizo con dos de sus discípulos y lo que uno de ellos, Andrés hizo con su hermano Simón, esto es, ser mediadores del encuentro con Jesús en nuestra familia y con nuestros amigos.

En pocas palabras, gente capaz de decir con convicción: “Hemos encontrado al Mesías”.

Es así como la misión se lleva a cabo. Es como una cadena interminable de anuncios que pasan de boca en boca la Palabra y que llevan a otros a vivir la maravillosa experiencia de Jesús.

La de un Jesús que dice “Ven y verás”.