Lunes – Semana 12 del Tiempo Ordinario

El juicio hecho sin amor ante las faltas de los otros
Mateo 7, 1-5
“No juzguéis para que no seáis juzgados”

La enseñanza de Jesús en el Sermón de la Montaña nos ha llevado a examinar los valores del Reino que inspiran el comportamiento de un discípulo del Señor al interior de sus relaciones con los demás (Mateo 5,21-48). Puesto que ante todo se trata de reflejar con “buenas obras” (5,16) el rostro amoroso del Padre celestial en una vida de hijos, la enseñanza versó luego en cómo cultivar la relación con el Padre Dios (6,1-18). De la relación con los hermanos y con Dios, el aprendizaje de la justicia del Reino, se pasó a la relación con los bienes de la tierra (6,19-34).

De esta forma ya se han abordado los puntos esenciales de para una vida de discipulado.

Sin embargo, quedan todavía por examinar tres criterios del comportamiento cristiano en la vida cotidiana. Éstos son: (1) el juicio (7,1-4); (2) el discernimiento (7,6) y (3) la oración (7,7-11). Éstos terminan con el enunciado de una regla general (7,12).

Examinemos el primer punto: el juicio (7,1-4).

La relación con el prójimo significa también la relación con sus fallas. La tendencia de uno –habitualmente- es insistir en las fallas de los demás y a condenar con dureza. Es fácil criticar al otro y llamar la atención sobre sus debilidades. Jesús muestra cuán equivocados estamos cuando hacemos esto.

Cuando se habla de otra persona eventualmente se percibe poco amor, malicia e inclusive alegría porque a la otra persona le fue mal. Con cuánta presunción y soberbia se juzgan los errores de los otros, sean pequeños o grandes, reales o suposiciones. Esto puede suceder tanto en nuestro a nivel de nuestro pensamiento, como también en medio de conversaciones.

Jesús dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados (o sea: Dios os juzgará)” (7,1-2).

Aquí se recuerda cómo nuestros juicios sobre los otros no se quedan sin efecto: con la condena de los otros, nos condenamos a nosotros mismos. Dios está detrás, a la defensa del agredido con nuestras conversaciones: “Dios os juzgará”. Lo que hagamos con los otros, lo hacemos con Dios; de esta forma indicamos la manera como queremos ser tratados por Él.

Ya Jesús había dicho: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (5,7); “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores” (6,12). En consecuencia, no podemos esperar la bondad, la comprensión, el perdón y la misericordia de Dios, si rechazamos a nuestro prójimo con juicios sin amor, sin ninguna consideración ni comprensión.

No debemos cerrar los ojos frente a los errores o debilidades de los otros, lo que se nos pide es que los valoremos objetivamente, es decir, sin complacernos en ello, con libertad interior, con misericordia, sabiendo que también nosotros necesitamos de la comprensión del prójimo y de Dios.

Es verdad que los defectos de los demás son mucho más evidentes y fastidiosos que los nuestros. Podemos ser muy sensibles en lo que nos toca a nosotros y más bien fríos con relación a los otros. Con la imagen diciente de “la viga y la paja”, Jesús nos llama la atención sobre el peligro de aplicarle a la gente unos criterios de valoración que no tienen objetividad. Para que la haya se requiere:

(1) No dejarse guiar por la impresión del momento.
(2) No precipitarse para criticar y corregir.
(3) Mirarnos primero a nosotros mismos.
(4) Descubrir nuestras faltas sin disminuirlas ni excusarlas.
(5) Entonces sí, de manera ponderada, llamarle la atención al otro y ayudarle en su crecimiento personal.
(6) Esta corrección fraterna no olvidará la enseñanza de Mateo 18,15-17.
(7) Hacerle sentir al otro que lo que se le dice es porque se le quiere mucho.

La enseñanza sobre la objetividad en los juicios, inspirada en la imagen de la paja y la viga, nos hace caer en cuenta que no es correcto disminuir nuestras fallas y agigantar las de los otros, y más bien emprender el servicio de la corrección fraterna por el camino justo. Nunca hay que hablar de los errores de los demás por simple diversión o por deseo de armar escándalo.

Recordemos: ¡Ante todo la misericordia!

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

  1. ¿A quién le gusta que lo juzguen con dureza y admitiría que sus fallas se proclamen a los cuatro vientos?
  2. ¿Qué tiene que ver Dios con nuestro comportamiento ante los defectos de los otros?
  3. ¿Qué defectos de mi ambiente siento fuerte deseo que sean corregidos? ¿Qué cosas me ponen particularmente nervioso? ¿Cuáles son mis fallas personales de las cuales poco me acuerdo y ni caigo en cuenta?