Como seres humanos que somos, es inevitable que en ciertos momentos de la vida nos encontremos enfrentados a situaciones adversar que nos recuerdan lo finito y limitado que somos. Pero no solo también nos recuerdan eso sino que también nos dicen una y otra vez que precisamente los problemas hacen parte de la dinámica misma de la vida.

Es una realidad: No podemos escapar de las adversidades. Por más que la sociedad actual pretenda inculcarnos un modelo de vida en el que no estén presenten las dificultades, debemos ser conscientes que tarde que temprano nos veremos obligados a enfrentar esas dificultades. Pienso, por ejemplo, en el sufrimiento causado por las crisis económicas, o los problemas que normalmente se presentan en el día a día de una vida matrimonial; pienso en el sufrimiento causado por la muerte de un ser querido, o el causado por el mal comportamiento de alguien muy cercano a nosotros. En fin, son innumerables las circunstancias que pueden quitarle la paz, tranquilidad y alegría al ser humano.

Pero al ver todo este panorama, cada día me convenzo más de que lo que marca la diferencia frente a dichas situaciones, es la actitud con la que las asumimos. Podemos quedarnos anclados en los problemas y dificultades, perdiendo toda esperanza y ganas de seguir adelante, o podemos enfrentarlos y decidirnos a dar lo mejor de nosotros para así conseguir la victoria en las batallas de cada día.

Lo anterior, tiene especial vigencia para nosotros como Cristianos Católicos si tenemos en cuenta que tenemos puesta nuestra fe en aquel que fue capaz de vencer el problema que no tenia solución alguna para el hombre: La muerte. No me refiero a ningún otro, sino a Jesús de Nazaret quien nos dio ejemplo, a través de su vida misma, de cómo enfrentar los momentos de angustia y desesperación, cómo cargar con la cruz de cada día y seguir adelante aunque el mundo nos diga que todo está perdido, de cómo ser capaces de levantarnos a pesar de las caídas que podamos experimentar.

Los evangelios nos narran maravillosamente cómo Jesús, aun teniendo la posibilidad de renunciar y huir al sufrimiento, decide por el contrario enfrentar con valor y con una profunda confianza en su Padre, las grandes angustias y los grandes dolores que le esperaban. Por eso, como dice claramente la Palabra de Dios “el Padre lo exaltó y le dio el Nombre sobretodo Nombre” (Fil. 2, 8-11).

Por eso, tú como cristiano, en todo momento, pero especialmente en los momentos de angustia, debes tener puesta tu mirada en el Señor para que sea Él mismo el que te permita permanecer en la lucha por tus sueños. No permitas que los problemas te atemoricen y paralicen, sino que más bien convierte esos problemas en una oportunidad maravillosa para contemplar una vez más el poder de Dios que te impulsa a crecer y ser cada vez mejor. ¡Ánimo! ¡El Dios del Cielo pelea junto a ti!