Quiero presentarles el pensamiento del Papa Juan Pablo II sobre la espiritualidad de la comunión, en varias entregas. Es la propuesta del Santo Padre como principio educativo en todos los lugares donde se forman las personas y los cristianos, donde se construyen las familias y las comunidades.

La espiritualidad de comunión tiene dos fundamentos. El primero es trinitario: “Espiritualidad de comunión significa una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado”.

No se trata de cualquier mirada; se nos pide mirar con el corazón. En “El Pricipito” se dice que lo esencial de la vida es invisible a los ojos. Esto supone el estar atentos, abiertos y en búsqueda; con humildad, para dejarnos sorprender por un misterio que nos envuelve a todos. Es el misterio de la Santísima Trinidad como fundamento de lo que existe. Con razón, el acto por el que el hombre se hace cristiano, el bautismo, se realiza “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, siguiendo el mandato de Jesús (Mt. 28, 19).

La revelación cristiana no habla nunca de un Dios impersonal o solitario, de una potencia que avasalla o que infunde terror. Al contrario, por Jesucristo, se nos ha revelado en el Nuevo Testamento que lo que existe es: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por eso la esencia de Dios es la comunión (koinonia) de las tres Divinas Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que se aman de tal manera y están tan interrelacionados, que están siempre unidos. La unión es tan profunda y radical que son un solo Dios (Jn. 17, 21). Es algo similar a tres focos de una misma Lámpara, que constituyen una sola luz.

La diferenciación de la acción de las tres Personas se podría describir así: todo proviene del Padre, todo es cumplido y actualizado por el Hijo, todo alcanza al hombre y se hace presencia y experiencia en Él a través del Espíritu Santo. Mientras el retorno a Dios sigue el proceso inverso: en el Espíritu, a través del Hijo, se llega al Padre. De aquí la plegaria litúrgica: “Al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo”.

Si Dios significa tres Personas Divinas en eterna comunión entre ellas, también las parejas y las familias están llamadas a la comunión. Somos creados a imagen y semejanza de la Trinidad. En virtud de esto, somos seres comunitarios, para realizarnos en auténticas relaciones humanas con y para los demás.

Por causa de la Trinidad, los esposos están invitados a mantener relaciones de comunión, dando y recibiendo lo mejor de cada uno con sentido de gratuidad y reciprocidad; construyendo juntos un proyecto de vida con transparencia, desinterés y rectitud de intenciones. Un proyecto abierto a la realidad del mundo y también a la solidaridad social con las parejas y familias más necesitadas, con un espíritu dialogante y misericordioso que respete las diferencias y acoja al otro como es. Así la pareja es imagen del amor y de la bondad trinitarias. La mística de la unidad entre Dios y la pareja y entre la pareja y Cristo es en el cristianismo una mística de encuentro, de la amistad y de la comunión con Dios, que se produce en y mediante el encuentro, la amistad y la comunión humana.

Todo lo que se haga por mejorar la convivencia de una pareja, de una familia o de la sociedad muestra que el Dios que nos mueve es un Dios tri-personal, que es una “comunidad de vida y amor”. Por eso, un cristiano no puede ser indiferente ante la violencia, la guerra o las discriminaciones que afectan al mundo. Tampoco, una pareja o familia cristianas pueden resignarse a una separación o divorcio como camino fácil de resolver sus crisis. Aquí se constata en este aspecto el misterio latente en cada persona, en cada pareja y en cada familia, la búsqueda de su eterna perfección en el amor (Ef. 1, 4). “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn. 17, 21).

RESALTADOS:

Si Dios significa tres Personas Divinas en eterna comunión entre ellas, hemos de concluir que también las parejas y las familias están llamadas a la comunión.

Por causa de la Trinidad, los esposos están invitados a mantener relaciones de comunión, dando y recibiendo lo mejor de cada uno con sentido de gratuidad y reciprocidad; construyendo los dos juntos un proyecto de vida con transparencia, desinterés y rectitud de intenciones.

Un cristiano no puede ser indiferente ante la violencia, la guerra o las discriminaciones que afectan al mundo. Tampoco, una pareja o familia cristianas pueden resignarse a una separación o divorcio como camino fácil de resolver sus crisis.