Hemos caminado por este itinerario cuaresmal, donde meditamos sobre los 40 años que el pueblo de Israel caminó por el desierto, en busca de la Tierra prometida, y los 40 días y 40 noches que pasó Jesús en el desierto, cuando fue puesto a prueba por el diablo, para también poder comprender lo que implica estar en la búsqueda del tesoro más grande: el encuentro con el Dios de la historia y de la humanidad.

Israel caminó buscando la promesa de Dios, fueron muchas las dificultades y los problemas que se les presentaron durante su trasegar, pero así es la vida llena de complicaciones, pero una cosa es segura, de la mano de Dios fue como ellos pudieron salir adelante hasta llegar al lugar de la promesa, esto lo lograron porque el Señor Dios Yahvé los acompañaba día y noche, a pesar de sus rebeldías, estaba con ellos, así también nosotros tenemos que permitirle al Señor Jesús que nos acompañe en nuestra cotidianidad, enfrentando todas las dificultades que se nos presentan, dejando que derribe toda rebeldía y nos ayude a asumir nuestra realidad sea cual fuere, para dar testimonio que cuando Dios está con nosotros, siempre saldremos vencedores.

Jesús en ese ayuno que vivió por 40 días, nos enseña que podemos y debemos vencer todas las tentaciones que se nos presentan a diario, que para ello nos ha dado su Palabra y su Espíritu Santo, él mismo que lo acompañó a Él, nosotros nos angustiamos por todo lo que se nos presenta, si acaso son dificultades en la familia, en el trabajo o en el estudio, queremos salir corriendo o cedemos fácilmente a las tentaciones del poder, del tener, del saber y del placer; Él nos dice que está a nuestro lado para ayudarnos a vencer todo lo que se opone a nuestra felicidad.

La Cuaresma nos invita a la conversión, es decir al cambio integral de nuestras vidas, a revisar cómo estamos viviendo y cuáles son aquellas actitudes que tenemos que cambiar, para poder ser mejores personas de lo que hemos llegado a ser hasta el momento, con Cristo somos ahora nuevas criaturas por el bautismo, este don lo tenemos que asumir y vivir como hijos del Dios Padre, como miembros del Cuerpo de Cristo y como Templos del Espíritu Santo, esto es lo que se nos pide, hacer el esfuerzo de reconocer que la embarramos, pero también que tenemos la oportunidad en Dios de rectificar.

En este camino cuaresmal se nos ha invitado a servirnos de las tres prácticas esenciales de este tiempo litúrgico: la oración, el ayuno y la limosna. La oración como la comunicación por excelencia con Dios, estableciendo una relación íntima y profunda con Él; el ayuno que no solo es de alimentos, sino que como nos propone Isaías 58, es realizar las obras de misericordia y de justicia del Padre Dios, así como también el erradicar de nuestras vidas todo aquello que no nos deja ser mejores personas, sacar de nosotros toda ira y resentimiento, orgullo y soberbia, egoísmo y falta de amor, todo esto para aprender a amar como Dios nos ama y quiere que nos amemos entre nosotros; y finalmente la limosna que debe ser la ofrenda generosa e integral, no solo es el dinero o lo material, sino que debemos darnos por entero en servicio de los más pobres y necesitados de nuestra Iglesia y de la sociedad.

Ya nos acercamos a vivir la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, un camino de muerte al hombre viejo como nos dice San Pablo, que se va transformando en un camino para Vida y la Vida en abundancia, llegar a la Pascua será entonces reafirmar que valió la pena todo lo que Jesús hizo y hace por nosotros, siempre intercediendo y presentando al Padre Dios nuestras realidades de vida, aprovechemos todo lo que podamos y vivamos con sinceridad estos días santos que nos permiten recordar que el camino no es fácil pero con Dios vale la pena al máximo. Ánimo, ¡Jesucristo ha resucitado, Él te ama!